28 de mayo de 2017

[Hasta el día de ayer] «Capítulo IV: Mala decisión»

Los días comenzaron a pasar, todo se sentía tan diferente…
Kevin prácticamente se mudó a mi casa, fue lo mejor para él. Pero empezó a frecuentar amistades que no eran muy convenientes, unas personas que conoció en las carreras de autos, con ellos aprendió que bebiendo podría olvidar los problemas, un muy mal camino. Lograba sacar de quicio a Julián seguidamente, y las peleas entre ambos crecían con el día tras día.
Yo, por otra parte, extrañaba a Nick demasiado, y todo me recordaba a él, por más que mis hermanos trataran de subirme el ánimo, no lo lograban. Tampoco se puede decir que yo me esforzaba en poner de mí parte. Una que otra vez me sacaban de mi habitación para salir a algún lado, pero ya no tenía ganas de nada, ni siquiera iba al Instituto.
Los demás habían asimilado más rápido la pérdida de Nick, el único que demostraba tristeza era Math, pero Chris se encargaba de subirle el ánimo. Según dijo le daría clases de defensa personal, ya que él es un experto en la materia.
—No encontrarán en el mundo alguien mejor. —Puso sus manos en las caderas y se carcajeó con fuerza cuando mencionó la idea.
Aunque todo eso en sus sueños, claro estaba. Mas, nadie le decía lo contrario, le seguían el juego mientras mantuviera a mi hermano entretenido y olvidando. Qué fea me suena esa palabra.

* * * * *

Un día, la novia de Franco —una persona muy desagradable, y no lo digo porque sea la novia de mi hermanito, en verdad, no soy la única que piensa así— dejó en la casa su bolso y lo encontré. Lo abrí y me metí a ver que tenía, sólo de curiosidad y para ver si le podía hacer algo, pero no había nada interesante. Hasta que encontré un pequeño frasco de medicamentos, lo tomé «pastillas para dormir» salía después de todo el nombre científico.
Recordé algo que hace un tiempo vi en una película, agarré tres pastillas y volví a meter el frasco donde mismo lo encontré. Fue raro que no le pusiera algún regalito, ni que le hiciera algo, mi mente solo podía pensar en otra cosa.
Fui a la cocina y encontré una botella de vodka, a pesar que ninguno es un gran bebedor —con excepción de Kevin—, siempre hay en la casa algún tipo de alcohol para celebrar grandes acontecimientos. La agarré y la observé, estaba casi llena. Me fui a mi habitación.
Math no se encontraba, no escuché a donde dijo que debía ir, así que estaba sola en casa. Me senté en mi cama y recordé a Nick, tomé las pastillas y las metí en mi boca. Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas instantáneamente. Agarré la botella, la puse en mis labios y tragué un sorbo junto a las pastillas.
¡Qué asco! —exclamé al sentir aquel amargo sabor.
Pero no me importó, seguí tomando y tomando, quemándome la garganta y la boca, hasta que la botella rodó por el suelo vacía.

* * * * *

Me dolía la cabeza y todo era confuso, estaba sentada en un lugar donde todo era oscuridad. Me encontraba sola, no sabía qué hacer, no había nada, sólo yo y mi dolor de cabeza. El miedo me cubrió hasta que divisé una luz, caminé y caminé…
Desperté en el mismo hospital que había muerto, hace unos meses, Nick. Olvidando mí promesa de no volver nunca más, bien dicen que cuando uno dice nunca, no se cumple.
Apenas podía abrir los ojos, el encandilamiento era demasiado debido a luz. Tenía suero en mi brazo izquierdo, sentía que me dolían las venas.
A mi izquierda estaba Kevin, con la cabeza apoyada en la cama, y su mano sobre la mía. A mi derecha, dos chicos de rasgos conocidos, dormían como si no lo hicieran en días, eran Math y Franco. En la otra cama que había en la habitación dormía Chris, y más lejos de todos, sentado en el suelo, con la cabeza apoyada en las rodillas y las manos en la nuca, estaba Julián.
Los miré a todos, «soy una tonta» pensé, y las lágrimas rodaron por mis mejillas. Una alarma de reloj sonó, Julián despertó, Math reclamó y los demás no la escucharon.
—¡Despertaste! —exclamó Julián cuando se levantó y me vio llorar.
—¡¿Qué?! ¡¿Qué?! —preguntó confuso y adormilado Math.
El mayor  se acercó a mí y me abrazó, igual que el menor. Franco se despertó con tanto movimiento y se lanzó encima de los demás. Chris, por otro lado, se levantó; mientras que Kevin se hizo a un lado, alejándose de todos.
—Salgan de encima —dijo el payaso—. Déjenla respirar.
—Es verdad —confirmó Julián saliendo un poco—. Está débil, aléjense un poco.
—Así está mejor —sonrió Chris al ver que todos salían de encima de mí—. Ahora yo me puedo lanzar tranquilo —dijo acercándose, pero Kevin lo detuvo.
—¿Por qué? —preguntó Franco mientras me abrazaba.
—No sé —respondí llorando—. No sé —volví a repetir mientras lo abrazaba y sentía sus lágrimas caer en mi cuello.
—No lo vuelvas a hacer —susurró Julián, que también lloraba.
—Eres una tonta —Math me regañó con mirada seria.
—No le digas eso —reclamó Chris mientras le arrojaba una almohada.
—Es verdad, Chris. —Miré al mencionado—. Soy una tonta.
Kevin seguía lejos, callado, no hacía nada, sólo observaba. De pronto salió de la habitación y Math fue tras él. Al rato llegaron con el doctor, me revisó y me dio un calmante. Lo cual encontré raro y algo estúpido, estaba recién despertando después de tomar varios tranquilizantes y él me da más, pero ellos sabrán.
Me dormí a los pocos minutos luego que me lo inyectaran.
Dos días después de eso me dieron el alta médica. Recuerdo que comenzaba a despedirse el invierno con unas gotas de lluvia. El cielo completamente cubierto de nubes grises anunciando tormenta, pero que al final todo queda en una que otra lágrima desde lo alto.
Chris coqueteaba con una de las enfermeras, eso no era raro. Math, Franco y Julián siempre a mi lado, pero Kevin todo el tiempo lejos. Me sentí mal, no sabía qué tenía, aunque podía imaginarlo. El silencio era parte de él, daba la impresión que sólo fue de chofer, no había más razones.
No me hablaba y no parecía querer hacerlo, así pasaron los días, sin rastros de querer cambiar su conducta. No lo había visto tan molesto conmigo, él rara vez se enojaba conmigo. Y yo seguía en cama, restableciéndome.
—Aquí está la comida —dijo con molestia Kevin cuando llegó a mi habitación, con la bandeja de comida que tenía que seguir según la dieta.
—No tengo hambre —respondí mirando esos ojos que parecían de fuego. A través de ellos reflejaba su ira. Los había visto antes, todos en mi casa tenían el agrado de conocerlos, mas nunca fue por mi culpa.
—Haz lo que quieras. —Arrojó la bandeja al suelo, se dio vuelta y empezó a caminar hacia la puerta, pero se detuvo—. ¿Hasta cuándo con lo mismo? —preguntó mientras volvía a mirarme—. Me tienes harto, por si no lo sabes, perder a un hermano es lo peor que se puede sentir. —Mientras hablaba se acercaba a mí—. Pero como que tú no entiendes nada, dices sufrir mucho al perder a Nick, y no lo parece, no sabes lo que es sufrir.
—Yo… —balbuceé empezando a llorar—. Yo…
—Lo único que sabes es llorar —me interrumpió—. ¡Eres una niña consentida y mimada, tus hermanos y nosotros te hemos dado todo lo posible! —Alzó la voz con molestia—. ¡Nunca te ha faltado nada, siempre nos hemos preocupado por eso, porque a ninguno de ustedes, los más pequeños, les faltara algo! ¿Así es cómo nos pagas? ¿Intentando matarte? ¿Eso es lo que quieres? Bien, hazlo, pero lejos de tus hermanos. Tú no sabes todo lo que ellos han sufrido por ti.
—Nick también se fue —musité al quedarme sin saber qué responder, en el fondo todas las palabras de Kevin me dolían y me llegaban hasta lo más profundo, era verdad todo lo que decía.
—Sí, Nick se fue —susurró mirando al suelo—, pero eso fue por ti —agregó con tono frío clavando sus ojos llenos de ira en mí. Esas palabras me dejaron sin habla, era verdad, Nick me salvó—. «En mis hermanos fue en lo único que pensé», eso no es verdad, tú no piensas en tus hermanos. —Terminó de decir dándose la vuelta y saliendo de la habitación.
Me quedé llorando un rato, pensando en todo lo que dijo Kevin, cada palabra pronunciada era verdad, era ilógico que lo negara.
Me levanté y recogí la bandeja con la comida, la llevé a la cocina. Mis hermanos estaban en la sala viendo televisión —o era lo que intentaban—, Kevin también se encontraba en el lugar. Se quedaron callados al verme salir.
Agarré un paño y me fui a limpiar mi habitación. Al terminar entré al baño a darme una ducha.
Cuando estuve lista y salí, suspiré y me apresuré en ponerme ropa, ya era suficiente de los pijamas. Mis ideas estaban más claras, como que al fin volví a hacer sinapsis. Me puse mis blue jeans más viejos, mis favoritos; una camisa de Avalanch que me había regalado Math, y un chaleco o corta viento color gris.
Suspiré, tenía unas cosas que hacer y no sería nada fácil. Salí de mi habitación.
—¿Dónde está Kevin? —pregunté al llegar a la sala.
—Se fue a su casa —respondió con tono molesto Math.
—Gracias —contesté y salí por la puerta de atrás.
Caminé por el patio mojado de mi casa, en dirección al pequeño muro de ladrillos que dividía mi hogar del de Kevin. Salté, para cruzarlo, y entré por la puerta trasera. Eso no era nada de raro, todos hacíamos lo mismo. La casa de los Sheldon y de los Leighton ha estado unida desde que tengo memoria.
Avancé lentamente por el pasillo, observando el decorado de aquellos tabiques conocidos a la perfección por mí. Colgaban retratos de cada uno de nosotros, también de los padres de Nick y los míos. Demasiados sentimientos nos invadían cada vez que pasábamos por aquel sector.
Al fondo estaba la sala; y allí, sentado en el sillón favorito de Nick —nunca supe el porqué era su favorito—, se encontraba quien buscaba, tenía una botella de cerveza en su mano.
—¿Qué quieres? —preguntó tosco al verme.
—Hablar contigo —respondí calmada mientras me sentaba a su lado.
—Mejor ándate. —Tomó un sorbo de la cerveza.
—No lo haré —lo miré a los ojos, esos que aún ardían—. Yo… lo siento, todo lo que me dijiste es verdad, no lo quería ver así, soy una tonta…
—De nada sirve que lo sientas, el daño ya está hecho —interrumpió con tono agrio.
—El daño se puede reparar —susurré, prácticamente en súplica—. Dame una oportunidad, sólo una. Sé que te defraudé, tanto como a mis hermanos, pero no lo volveré a hacer. —Otra vez empecé a llorar.
—Ya no llores más —musitó al secar mis lágrimas con su pulgar—. Fui duro contigo, pero era la única manera que entendieras —dijo mientras me abrazaba.
—Lo siento, lo siento —repetí respondiendo su abrazo con todas las fuerzas que tenía.
—Eso es para tus hermanos —añadió tan bajo que apenas pude oírlo.
Nos quedamos tranquilos, por bastante rato, no supe cuánto con exactitud. Abrazaba a mi amigo, había disminuido mi fuerza, pero dejé escondido mi rostro en su pecho. Kevin me instó a alejarme un poco, besó mi frente y terminó de secar las últimas lágrimas que corrían por mi rostro.
—Vamos —dijo al ponerse de pie—. Tienes que hablar con ellos.
Caminamos hacia mi casa, pasando por el muro de ladrillos. La lluvia empezaba a caer nuevamente. No había visto el sol desde que salí del hospital. Adoro el invierno.
Entramos por la cocina, tal y como yo al salir. Julián, al verme en compañía de Kev, se levantó rápidamente y se acercó a mí. Mi amigo le hizo una seña con la cabeza y mi hermano me abrazó, bastante fuerte, por unos momentos creí que me quedaría sin aire, pero no fue así.
—Lo siento —le dije llorando—. No volverá a pasar, lo prometo.
Esas palabras fueron las detonantes para que los demás, que observaban todo desde los sillones, se acercaran y nos abrazaran, sin importar nada. Sentí algunos manotazos entre Chris y Franco, siempre peleando por quién agarra un mejor lugar, pero Math y Julián ya tenían ese puesto. Kevin también se unió para formar un abrazo de grupo, sus labios se posaron con suavidad en mí nunca por unos instantes y luego todo se disolvió.
—Al fin te das cuenta —me regañó el menor de mis hermanos, antes de tomarme en sus brazos, nuevamente.

* * * * *

Todo fue diferente desde ese momento, había decidido salir adelante, pasara lo que pasara. Pero aún no tenía ganas de ir al Instituto.
Los días comenzaron a pasar con lentitud, junto con los meses. Mis amigos iban a visitarme de vez en cuando, y de paso me llevaban las tan preciadas tareas. Julián había ordenado que no fuera a establecimiento si no tenía ganas, pero las tareas y trabajos debía entregarlas. Ése era el trato que hizo con la orientadora.
Ale llegó un día domingo, junto a Dom y Kian, mis mejores amigos del Instituto. Habían decido hacerme reír a como diera lugar, sin importar las consecuencias, ni los medios de hacerlo. Increíblemente, lo hicieron. 
—Antes te reías por todo —reclamó Dom al ver que sus caras no hacían efecto en mí.
—Antes no había pasado por todo lo sucedido —contesté sin ánimos de pelear.
—Eso es el pasado y no se puede arreglar. —La fría voz de Kian me distrajo, él era más risueño junto conmigo, pero estaba serio, y eso era raro, muy raro.
—¿Cuándo volverás, Tee? —preguntó Ale al colgar el teléfono, le daba reporte a Tony.
—Algún día —respondí—. ¿Cómo está Tony? —consulté para cambiar el tema.
—Mi hermano está bien —respondió Dom. A pesar de ser hermanos no se parecían mucho, Dom tenía el cabello negro y corto, al estilo militar, bastante distinto a Tony. Su tono de piel es más morena y en estatura le llega a los hombros—. Queremos que vuelvas —ordenó seriamente.
—Algún día —repetí.
—Queremos que vuelvas ya —añadió, aún con frialdad, Kian—. Si no lo haces, te cambiaremos.
—Es verdad —corroboró Ale.
—Está bien —contesté frunciendo mi ceño a las amenazas—, volveré mañana.
—¡¿En serio?! —preguntaron los tres, alzando lo suficiente su voz.
—Sí, sí —bufé con desgana—. Creo que me hará bien.
—Muy bien —se escuchó la voz de Franco por atrás de mí—. Muy bien.


Tal y como lo dije, al siguiente día volví a estudiar, cosa que puso feliz a Julián. Él deseaba que lo hiciera, aunque no me lo decía, tenía miedo que cayera otra vez en lo mismo, prohibió las pastillas y estimulantes en la casa, y puso más vigilancia en mí, no me quejé, nunca lo hice, me lo merecía.
Al llegar al Instituto junto a Math, que no había dejado de asistir, me esperaban en la entrada Ale junto a dos chicos, uno alto y moreno; el otro bajo y aún más moreno que Dom, cabello corto y ojos resplandecientes de tanto jugar en su computador, profundos color negro.
—¡Ale! —grité a mi amiga como siempre solía hacerlo.
—¡Tee! —respondió ella agitando su mano.
—Al fin la sueltas —dijo el moreno más bajo, una vez que llegamos a su lado—. Con razón no venías —añadió riendo Kian—, éste no te deja hacer nada.
—Cuidado con lo que dices, enano —gruñó mi hermano mirándolo con odio fingido, haciendo ademán de golpearlo.
—Mejor dame un abrazo. —Me lancé a los brazos del chico, antes que recibiera un golpe.
—¿Aún no llega Tony? —preguntó Math a su hermano.
—Ya viene —le contestó de mala gana.
—Dominic Fenton —dije mirando al moreno más grande a los ojos—. ¿No me vas a saludar?
—No alcanzo, eres muy enana. —Su típica mirada seria se reflejó en mis ojos, él daba la apariencia de personas que muy pocas veces se ríen.
—Ya verás —fruncí mi ceño y lo amenacé.
Una bocina de auto se escuchó, apreté la mano de Math, aquel sonido me recordó lo que pasó, mi hermano me sonrió y me miró con cara de tranquilidad, me calmé.
—Ya llegó —sopesó Dom mirando el objeto móvil con cara de enojo—. Siempre haciendo escándalos.
—¿Quién llegó? —pregunté al no entender.
—Ya verás —respondió con su tono molesto y cara de frustración.
El carro estacionó y Tony bajó de él, Ale corrió hacia sus brazos para besarlo, como siempre lo hacía, el amor brotaba de ambos en toda época del año.
—¿Desde cuándo…? —Alcancé a preguntar antes de ser interrumpida.
—Esta mañana —dijo Dom aún con la misma cara.
—¡Ford Focus! —exclamó Math.
—Por terminar el Instituto —añadió Dom—. Mi padre se lo regaló.
—Ahora saldremos en auto —cantaba Kian a mi lado—. Saldremos en auto.
—¿Acaso antes no lo hacías? —El tono agrio de nuestro amigo quebró la canción del otro por unos momentos.
—Sí —respondió temeroso—. Pero es distinto.
—Es lo mismo —seguía con tono serio—, tú hermano siempre te lleva a todas partes en su auto, ahora será el mío el que lo haga. Mejor cómprate el tuyo. —La molestia se notaba en cada poro de su ser, pocas veces lo había visto de esa manera, casi siempre por culpa de Tony, pero estaba exagerando.
—No seas envidioso, Dom —susurré al ver que no cambiaba su cara—, este otro año te toca a ti —le guiñé un ojo.
—Yo no quiero un auto —su mirada de enojo se clavó en mí—, quiero estudiar arte.
—Y lo harás —le di un golpe en la espalda, en señal de mi apoyo y para darle ánimos a mi amigo.
—Mi padre no quiere. —Dejó salir con ira y apretando sus dientes.
—Si tan sólo hablaras con él —añadió Tony cuando llegó junto a Ale, que al parecer había escuchado todo.
—Sí, sí. —Dom se dio la vuelta y caminó al interior del Instituto, con la mirada en el suelo y pateando cualquier cosa que se le cruzara, sin importarle lo que era.
—¡Qué carro! —exclamó Math al recién llegado, mientras se saludaban estrechando sus manos con el típico movimiento de manos de aquellos amigos de toda la vida.
—Regalo de graduación, hermano —dijo Tony con su sonrisa de oreja a oreja—. ¡Graduación!
—Quién como ustedes —los miré con odio—. Este año ya salen de aquí.
—Para ir a otro lado —se burló Math—, así que cambia la carita.
—Entremos —ordenó Ale al escuchar el sonido del timbre.
—Primer día después de la pesadilla —susurré a mi hermano apretando su mano.
—Tú quédate tranquila —musitó una vez que llegamos a la puerta de mi salón, tomó de mis hombros y me miró fijamente a los ojos—. Espérame a la salida —besó mi frente.
—Lo sé —respondí dándome la vuelta y entrando a donde me correspondía.
Sentí la mirada de mis compañeros sobre mí, busqué a Dom y me fui junto a él, mientras pasaba saludando a uno que otro del salón. La curiosidad que tenían la podía percibir sobre mi espalda, así que caminé rápido, no sabía qué responder en caso que me hicieran alguna pregunta.
Al llegar donde Dom, me senté a su lado y me quedé pensando. De pronto una pregunta se me vino a la mente «¿qué hago aquí?». Miré a la gente que me rodeaba, Ale se había sentado frente a mí y Kian junto a ella, todos en el último lugar del salón, reían y hablaban. Me volví a hacer el mismo cuestionamiento; todos ellos pertenecen a la misma categoría de gente de la «alta», de la misma clase de aquel tipo que hirió a Nick. Miré a Dom, me sacó la lengua, me reí y obtuve la respuesta que tanto buscaba. «No», me dije, «ellos no son como aquel, ellos si son personas, ellos viven al lado izquierdo de la calle», dejé de pensar y me puse a conversar con mis amigos.

* * * * *

Cuando llegó el receso los cuatro salimos al patio en busca de mi hermano y, prácticamente, mi cuñado por parte de Ale. Caminamos hasta la plazoleta con asientos de hormigón y nos sentamos. A los pocos minutos llegaron algunos compañeros de Nick, y por ende, de Math y Tony también.
Sus caras reflejaban curiosidad, y yo era quien debía satisfacerlos. Sin tapujos dijeron que querían conocer hasta el más mínimo detalles, mi hermano comenzó a impacientarse luego que el quinto grupito de personas se apareció.
—No les hemos dicho ya lo que pasó —respondían de mala gana, tanto Math como Tony.
—Pero lo queremos escuchar de la testigo principal. —Solían decir sin importar los sentimientos.
—Eso no se puede —contestaban—, y ya, váyanse.
Y como siempre he dicho, cuando Math se enfada suele provocar miedo con su voz, eso era suficiente para alejar a cualquiera.

El tiempo comenzó a pasar lento y el recuerdo de Nick seguía siempre presente, y no quería que se fuera, mi decisión estaba tomada, él sería el único para siempre y por siempre. Una promesa que no rompería, mi corazón le pertenecía y eso nada ni nadie lo cambiaría. Ni siquiera la muerte.

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