12 de marzo de 2017

[Mi veneno] Extras: «Ethan, un corazón vampiro».

La lluvia caía a grandes gotas empapando todo a su paso. Llevaba varios minutos de pie cerca del lugar donde la habían dejado a ella, no sabía cuántos y no se atrevía a acercarse, por eso prefirió quedarse oculto tras una estatua con forma de querubín, allí aguardó a que su corazón estuviera listo para todo lo que tenía que decir, todo lo que necesitaba descargar.
Levantó la cara al cielo y cerró sus ojos apretándolos con fuerza, al igual que sus puños. Las ganas de gritar lo recorrieron de la cabeza a los pies, su rostro reflejó aquellas ganas marcando en sus facciones unas arrugas de ira y angustia y, a pesar de todo lo que sentía, no gritó y se mantuvo igual, relajando sus músculos faciales. El agua, que caía de las grises nubes, comenzó a mezclarse con las que salían de sus ojos, unos del mismo color que en ese momento tenía el cielo a causa de los nubarrones.
Fijó su vista al frente, el odio y la ira se reflejaron en su iris, tan negras como la noche, y con su ceño fruncido remeció su cabeza, varias gotas saltaron de su cabello liso castaño claro que colgaba suelto hasta los hombros. Golpeó con fuerza el querubín, destrozando sus alas, y caminó decidido a enfrentar lo que su corazón guardaba, algo que sabía debía hacer para continuar con su vida… Si es que se le podía llamar así.
Se detuvo unos pasos lejos de donde las piedras habían caído, una pequeña montaña de tierra se convertía en barro frente a sus ojos y, al final, una lápida con el nombre de mujer grabado en oro. Apretó sus puños y soltó un grito con todas sus fuerzas, dejando escapar toda la ira que llevaba en su interior, cayó de rodillas al suelo, quedando frente a ella y empapándose la ropa, cosa que poco y nada le importó. Introdujo sus manos en la tierra y se acostó sobre la montaña de barro, llorando por todo lo pasado, en ese momento sentía que era lo único que podía hacer.
Recordó cuando la conoció, apenas eran unos niños, ella llegó a vivir a la casa junto a la de él y desde entonces se hicieron inseparables. Crecieron con juegos que sus padres y criados les permitían, con las costumbres de la época en que vivían, mediados del siglo XVIII, prometieron ser amigos por siempre, a pesar que tenían muy claro que pronto sus destinos los separarían y una nueva vida les llegaría. Al fin y al cabo las cosas para los hombres y las mujeres eran distintas, y mucho.
Ella siempre mostró gran interés por todo lo relacionado con la moda, los vestidos eran su pasión, le encantaba posar cada uno de los lujosos trajes que su madre le mandaba a confeccionar a las grandes ciudades. Él, por otro lado, se interesaba en la religión, le gustaba ayudar en la iglesia, adoraba al Creador tanto como a su padre, su Biblia era su tesoro más preciado, por eso a nadie le pareció raro la decisión que tomó una vez ya crecido, a todos menos a ella, que esperaba otra cosa.
Cuando él cumplió los diecisiete le realizaron una gran fiesta. Ella estaba fascinada bailando con cualquiera de los chicos que la invitaban, su radiante sonrisa dejaba a los semejantes de su edad boquiabiertos. Pero para ella sólo existía uno, su mejor amigo.
—¿Me permites? —preguntó tocando el hombro del chico con quien ella bailaba, deteniéndoles el paso.
—Claro —respondió, pero la chica ya lo había soltado.
—Pensé que nunca lo harías —le sonrió a su mejor amigo mientras dejaba las manos sobre los hombros de éste.
—Te veía muy entretenida. —Posó sus manos en la cintura de ella y comenzó a mecerse con la suave música—. No quería interrumpir.
—Yo quería que lo hicieras —lo regañó y le frunció el ceño, pero era un enojo de juego, nada importante. Él ya estaba acostumbrado a las rabietas infantiles de su amiga.
—Necesito contarte algo —dijo mientras le daba un giro y volvía a tomarla de la cintura.
—Yo también —le sonrió con las mejillas sonrojadas, en su mundo de color todo empezaba a tomar forma.
—Vamos al balcón. —Tomó su mano y se dirigieron a un gran ventanal cubierto por enormes cortinas doradas y pasaron por entre ellas.
La vista frente a sus ojos era maravillosa, los jardines verdes tomaban un color especial debido a la cercanía del ocaso, un pequeño riachuelo azotaba con suavidad algunas rocas, los pájaros en los árboles se acomodaban para descansar, algunos grillos salieron a cantarle al sol en señal de despedida y, a la vez, a la luna para darle su bienvenida.
El chico se apoyó de espaldas contra la baranda de cemento, ella miraba el cielo apoyada con los codos, y abrazándose a sí misma, en el borde del balcón. Él la miró de reojo y sonrió al verla tan ensimismada en el paisaje, como si nunca antes lo hubiera visto. Le dejó un mechón de cabello tras la oreja y volvió a mirar al frente.
—¿Quién primero? —preguntó él rompiendo el silencio.
—Tú —respondió con rapidez y mirándolo a los ojos, sentía sus mejillas arder por lo que había pasado hace poco, pero no lo tomó en cuenta y lo miró de todas maneras.
—He estado pensándolo por mucho tiempo.  —Tomó las manos de la chica, ésta se ruborizó aún más, y cuando pensó que él lo notaba, se sintió arder como si se estuviera quemando—, y ya sé lo que haré de mi vida.
—Eso es algo en lo que yo no puedo pensar —contraatacó de mala manera y frunció el ceño en respuesta al chico—. Yo sólo obedezco, primero a mi padre y luego a mi esposo.
—Por eso tienes que elegir bien —le sonrió con dulzura intentando animarla.
—Tampoco me dejan hacer eso. —Le soltó las manos y lo golpeó en el pecho, no tenía ganas que él se burlara de ella, no en ese momento.
—Suerte que soy hombre —dijo con burla, ella le respondió con más golpes—. Era una broma, sabes que no estoy de acuerdo con eso. —La abrazó con fuerza, así lograba calmarla.
—¿Qué es lo que me tienes que contar? —preguntó avergonzada, ya se había tranquilizado con algo tan simple como un abrazo.
—He decidido. —Separó a la chica de sus brazos y la miró fijo a los ojos castaños—, dar mi vida al servicio de Dios.
—Yo… —titubeó aguantando las lágrimas que amenazaban con salir, ella se había imaginado toda una historia distinta en su cabeza—, no sé qué decirte.
—Dime que me apoyas —suplicó tomándola de los hombros y mirándola fijamente, necesitaba oír aquello de los labios de su amiga, lo necesitaba de verás, ella le daba la fuerza que necesitaba cuando sentía que no tenía nada más.
—Sabes que sí. —Y lo abrazó, con tanta fuerza que no supo de donde salió—. Siempre lo he hecho y lo seguiré haciendo, hagas lo que hagas y seas lo que seas.
—Gracias —susurró respondiéndole el abrazo y suspirando aliviado—. Ahora es tu turno, ¿cuál es tu confesión?
—Nada importante. —Salió de sus brazos y le dio la espalda, ahora no tenía motivos para confesarle sus sentimientos, ya le había dicho que lo apoyaba.
—¿Ya tienes pretendiente? —consultó con voz baja cerca del oído al abrazarla  por la espalda.
La chica no aguantó las lágrimas, se soltó como pudo y corrió, sin mirar atrás. No quería que él la viera llorar, no quería tener que confesarle lo que sentía. Porque sabía que si se quedaba allí y las lágrimas la delataban, terminaría diciendo todo, absolutamente todo lo que ocultaba su corazón, y no podía, no después de la confesión que le realizó su amigo y ella, más que quererlo con todo su corazón, quería que fuera feliz, porque se lo merecía, de verdad que se lo merecía, y si su lugar en la vida estaba al lado de Dios, ella lo aceptaría y lo apoyaría, aunque eso significara que debía renunciar a su amor.

* * * * *

—¿Por qué? —preguntó llorando mientras el lodo comenzaba a cubrir su rostro. Arrastró sus dedos por la mojada tierra y levantó y cara para mirar la inscripción. De nuevo la rabia y la ira llenaron su ser y gritó, tratando de dejar salir todo lo que sentía—. ¿Ahora quién me escuchará cuando necesite apoyo? Siempre estuviste conmigo, sólo te tenía a ti, mientras mi familia me rechazaba, estabas tú… Pero ahora nada…
Y era así, desde pequeño, desde que recordaba. Su padre siempre prefirió a su hermano mayor, él era el heredero, quien se quedaría con el título y la fortuna, a quien debían enseñar desde pequeño. Mientras que por ser el menor se quedó de lado, siempre tratando de llamar la atención del padre, pero nunca daba resultado, hasta que al final decidió por buscar ese cariño en otro lado y lo encontró en la iglesia, allí se sentía bien, se sentía querido y respetado, y por eso, con el paso de los años, quiso formar parte de ella. Aunque, desde que su amiga se fue a vivir junto a él, siempre la tuvo de su lado, por eso era tan importante que lo apoyara en las decisiones que tomaba, a pesar que no estuviera a su favor.
Su madre era otro asunto, ella sólo se dedicaba a pasar tiempo con sus amigas de la alta sociedad, tomar el té, bordar, jugar a las cartas y hablar de rumores. Nunca le importaron mucho sus hijos, para eso estaban las niñeras, pero a medida que fueron creciendo y vio en lo que se iban transformando, agradeció al Todopoderoso por haberlos criado de manera correcta. Un gran heredero y el mejor de todos los que se dedicaban a servir a Dios, esos eran sus hijos, su orgullo. Lástima que se dio cuenta tarde de ello.
Pero a pesar de todo, y a lo largo de toda su existencia y de lo que tendría que vivir en un futuro, el chico que se empapaba de agua y barro, nunca le tuvo rencor a sus padres, y mucho menos después que entró a cumplir con su destino al servicio de los Cielos.


Dos meses pasaron y él entró para alistarse al servicio de Dios, un cautiverio de un año lo separaría de todo tipo de contacto con el mundo exterior. Todo sería distinto desde aquel día, pero así lo eligió, él anhelaba esa vida. Extrañaría a la gente de afuera, pero cuando pudiera salir, lo primero que haría sería ir a su pueblo a visitar a su gente, y eso le daba ánimo para aguantar lo duro que era estar allí dentro.
Ella le escribía a diario, aunque ninguna de sus cartas llegara a destino, todas eran retenidas en la entrada del monasterio, el joven aspirante a sacerdote no podía recibir noticias del exterior. Ni él ni ninguno de sus compañeros, la idea era que olvidaran lo que pasaba afuera y sólo se concentraran en su nuevo amor: Dios. No tenían por qué concentrarse en cosas raras y mucho menos viniendo de mujeres. De vez en cuando los dejaban enterarse de los pormenores de las familias, siempre y cuando la carta viniera del nombre del padre o del encargado de la familia.
El tiempo pasaba lento para ambos, la chica anhelaba que él regresara y se arrepintiera de dedicar su vida a la iglesia, aunque esos pensamientos la destinaran a la hoguera. Y él deseaba tener noticias de ella y de su familia más seguido, estaba acostumbrado a tenerlos siempre, era raro no saber nada en meses.
Cuando pasó su año de encierro, lo mandaron a una ciudad alejada de su lugar de origen, donde comenzaría a recibir las enseñanzas para convertirse en sacerdote. Lo primero que hizo,  incluso antes de instalarse en su nueva celda, fue pedir pluma, tinta y papel para mandarle una carta a ella, contándole lo bien que estaba y que ya le quedaba poco para poder oficiar una eucaristía. Aunque sería lejos de su casa, a pesar que le hubiera gustado que la primera fuera donde nació.
Al pasar unos meses de su llegada, comenzó a darse cuenta que las cosas no eran como las pensaba, las enseñanzas recibidas en su pequeño pueblo no se comparaban con las recibidas allí. Él no amaba a Dios como lo hacían sus profesores, no estaba dispuesto a torturar a las personas por pensar diferente. Eso no era amor, no el enseñado, eso era salvajismo.
Pero, fue cuando vio al obispo metiendo a la hoguera a un anciano por no tener dinero para pagar el diezmo a la iglesia, que decidió alejarse de todo aquello. Había sido un trauma, no podía ser cierto y no lo hubiera creído si no fueran sus ojos, sus propios ojos, los que veían semejante aberración. Fue entonces, que con el corazón recogido porque todo lo que él creía se iba por la borda, con lágrimas en los ojos y sólo pensando en todo lo que dejó por algo que ni siquiera valía la pena,  ideó un plan. Esa misma noche le tocaba guardia, y eso facilitaría todo, así que esperó a cuando estuviera despejado. Una vez que encontró todo listo, saltó por la pared y corrió lo más rápido que pudo, dejando atrás la vida que siempre había soñado y que se había desmoronado mientras el fuego se convertía en ceniza y los gritos se mezclaban con los lamentos de aquella llama que exigía algo más que comer.
No tenía rumbo fijo, ni siquiera sabía bien donde estaba. Desde que llegó a esa nueva ciudad que apenas lo habían sacado por las calles principales y de día. De noche todo era completamente diferente. Se desorientó pero no se rindió, él no era de esos. En su mente los pensamientos de todo lo que siempre creyó como lo mejor para todos, se derrumbaba y le nublaba la mente, dificultando aún más su sentido de orientación. Hasta que ella se le cruzó por la mente, en ella encontraría refugio y el camino de vuelta a tener fe. Y sonrió, había encontrado una salida.
Un grito de mujer lo distrajo y corrió hacia donde provenía. No se dio cuenta cuando se vio envuelto en una pelea, los filos de los cuchillos brillaban por la luna. Golpeó a unos, pero su recuerdo llegaba hasta el momento en que cayó al suelo y una chica de negros ojos le dio las gracias.
Despertó en un callejón con el brazo derecho ardiendo y una molestia en las encías. Un mendigo estaba acostado cerca. De un salto se abalanzó sobre él, sus ojos se volvieron negros y unos colmillos aparecieron en su boca. Le mordió el cuello y lentamente comenzó a succionar hasta la última gota de la sangre del anciano, que no alcanzó siquiera a gritar para pedir ayuda.
El cuerpo sin vida cayó al suelo a la vez que él volvía los ojos a la normalidad y guardaba sus colmillos, limpió su cara, las manchas de sangre no se le verían bien. Se dejó caer de rodillas al suelo, con la vista perdida. No entendía lo que había pasado, sólo recordaba que había huido del lugar que no quería recordar, que quiso ayudar a una chica y luego… luego un golpe, una negra mirada y una sonrisa. Miró sus manos y cerró con fuerza sus ojos, ahogando un grito que pedía salir. Se había transformado en un monstruo, ¿cómo podría verla a ella a los ojos nuevamente, luego de haber matado a un inocente?


La lluvia no parecía querer disminuir, las grandes gotas continuaban cayendo cubriendo todo y el cuerpo de él continuaba cubriéndose con el lodo de la pequeña montaña, al igual que las pocas flores que había a los alrededores. Por un momento pensó que lo mejor sería que la tierra se lo tragara, junto con el ataúd que había bajo él. Luego recordó que eso no serviría de nada.
Sus lágrimas tampoco querían dejarlo, su tristeza era demasiada y su llanto no cesaba. El cielo se oscureció aún más y supo que la noche había llegado. También porque los olores cambiaron y los sonidos se hicieron diferentes. Cerró los ojos, no quería pensar en nada más que en quien reposaba, pero al rato los abrió y su nariz olfateó.
Fue cuando percibió el rastro de aquella, se quedó quieto, su olor era inconfundible, la podía rastrear kilómetros a la redonda. Pero ahora no tenía ganas de verla, no en esas circunstancias, además un gran odio reflejaban sus ojos al recordarla. Al fin y al cabo había sido la culpable de su desdicha, si no fuera por ella… todo, absolutamente todo hubiera sido diferente. Pero no, le tenían un destino preparado y en contra de su voluntad no le quedó más que continuarlo. Y la odió aún más, si es que su corazón podía hacerlo más. Respiró profundo y abrió sus brazos, dejando una extraña marca de ángel sobre el barro que comenzaba a desmoronar la montaña. Sonrió de medio lado y miró el cielo. «Eso es  lo que te llevaste, un ángel, en lugar de llevarte a esos que dicen adorarte masacrando a tus fieles seguidores» pensó, mirando con odio a las nubes que se cerraban cada vez más. «¡Y lo hacen en tu nombre!», gritó mentalmente, pero aun así no se calmó.

* * * * *

Cuando salió del callejón, con movimientos torpes y desganados, esperando que nadie notara la sangre en su túnica, varias personas se podían ver caminar y el olor de todas ellas entraba por su nariz. No aguantaba, necesitaba más de aquel espeso líquido que se había transformado en su alimento. Pero no podía, él era fuerte, podía ganarle a aquello, podía vencer a la bestia. Volvió al callejón, con los ojos casi negros y los colmillos casi por completo afuera, peleando consigo mismo para no transformarse. Pero, siguiendo los instintos del animal en que se convirtió, dio un salto hasta llegar al techo del edificio, así se fue saltando de casa en casa, de cumbrera en cumbrera. Y huyendo, huyendo de todo… O por lo menos lo intentaba…
Se detuvo cuando olfateó que en una callejuela andaba una presa sola, se dejó caer con suavidad y quedó mirando la espalda de la figura que se convertiría en su alimento. Porque ya no lograba pelear contra la bestia, el olor de la sangre era demasiado fuerte y él no podía controlarse, y quizás no quería… Sus colmillos había crecido, sus ojos se volvieron negros y su respiración era agitada, tanto que su pecho se levantaba y el aire entraba y salía por su boca. Pero decidió relajarse.
La chica dio un grito cuando se giró y vio tras ella al ser vestido con túnica, que para ese entonces no era más que un joven aspirante a sacerdote que se cubría la cara con el gorro de la túnica.
—Me asustó —le dijo con respeto—. ¿Anda perdido?, el monasterio está al otro lado de la ciudad.
—¿Perdido? —preguntó con burla al recordar todo lo vivido en aquel lugar, horrendo lugar—. Perdido estoy, pero no de ese lugar que nombras. —Dio un paso al frente acercándose a la chica. Algo que lo torturaba porque iba aguantando las ganas de sacar sus colmillos y transformarse.
—¿Entonces? —consultó, tratando de mirar por abajo del gorro. Dio un paso atrás,  temerosa, al ver los grises ojos del chico volverse completamente negros. Volvió a retroceder tiritona.
—De mí mismo —respondió abalanzándose sobre ella y mostrándole los colmillos.
Le tapó la boca con su mano, su presa forcejeaba intentando soltarse, cosa que no logró. La fuerza de él había aumentado y el cuerpo de ella era tan pequeño y frágil, que no le costó nada usarlo a sus anchas. La dejó contra la pared y lentamente posó sus labios en el cuello, sacó sus filosos colmillos y mordió, para luego beber todo el líquido que poseía la chica. Olvidando, por completo, que era la primera vez que tenía a una chica tan cerca, exceptuándola a ella, obviamente.
El cuerpo cayó sin vida, con los ojos perdidos y un gesto de horror en la cara. Limpió su rostro y volteó, alguien se aproximaba y no era humano, lo sabía por el olor que emanaba. Dio unos pasos hacia atrás y se escondió entre las sombras.  Intentando relajarse.
—Vaya. —La voz de una mujer resonó en el lugar—. Te has adaptado rápido —sonrió mirando a la chica y pasando su lengua por el labio, como saboreando lo que él había degustado—. ¿No saldrás? —preguntó clavando sus ojos en dirección a donde se encontraba el chico escondido.
—¡¿Tú?! —exclamó dejando sus ojos a la vista, esos grises y sensibles. Salió por completo pero no se quitó el gorro, continuó con su túnica, que ya estaba con varias manchas de sangre encima.
—Sí, yo —respondió con una sonrisa sin quitarle el ojo de encima—. Tú me salvaste de esos cazadores y yo te lo agradecí convirtiéndote en lo que eres ahora, un vampiro —añadió sin un mínimo de tacto y con gesto ansioso, porque lo quería para ella.
—Bastaba un gracias. —Sus ojos se volvieron negros, la ira lo embargó y sintió que la fuerza de su nuevo ser comenzaba a salir, quería venganza—. No te pedí que me transformaras.
—Lo sé —suspiró sentándose sobre unas cajas, cerca del bote de la basura—. Pero me gustaste y quiero pasar la eternidad a tu lado.
—Soy un hombre dedicado a Dios —contestó decidido a dejar la conversación. Al pronunciar esas palabras, la calma le volvió.
—¿Hombre? —preguntó mordiendo su labio inferior—. Eras un hombre, ahora un vampiro, y nosotros no obedecemos leyes de ningún dios —sonrió de medio lado y con ironía.
—Soy la excepción. —Frunció su ceño con molestia, podría haberse decepcionado con la religión, pero no con su Dios.
—No lo creo —dijo al levantarse y apuntar a la chica, todo con movimientos graciosos y dóciles, para llamar por completo la atención del chico—. Eso de allí te delata.
—No quería ser rudo contigo —le sonrió de medio lado, sacando toda la fuerza de voluntad que llevaba encima, él no acostumbrada a tratar con mujeres de esa manera—. Pero ya que no entiendes, te lo diré claro, no me interesa pasar la eternidad a tu lado.
—Lo hubieras dicho antes —habló mientras caminaba al encuentro del chico—. Me encantan los retos —suspiró abrazándolo y notó el nerviosismo de él.
—Éste lo tienes perdido. —La tomó de los brazos para alejarla, no quería tenerla cerca.
—No lo creo —sonrió mirándolo a los ojos, tenía la seguridad que a él le faltaba—. Juntos podremos dominar este mundo, tener a los humanos a nuestro antojo, atormentarlos y beber su sangre cuando queramos. Juntos seremos invencibles.
—Vaya —sonrió—, me alejó de la religión por esos motivos y llegas tú a ofrecerme lo mismo. Ironías de la vida, pero bueno, si quieres que te agradezca por lo que hiciste, no lo tendrás, si quieres que esté contigo por toda la eternidad, ¿así fue como dijiste? Tendrás que mejorar la oferta, hasta entonces… —Le hizo un gesto con la mano y volteó dándole la espalda—. Nos vemos.
—Te enseñaré a usar tus nuevos poderes y a contener tus ansías por la sangre —dijo rápidamente, viendo que eso podría ser su última opción.
—Eso me interesa —susurró y se giró para volver a mirarla, ella notó que sus ojos estaban negros.
—Entonces sígueme —sonrió la vampiro con suficiencia, sabía que eso sólo sería el inicio, él le pertenecía, primero porque su sangre lo transformó y luego porque así ella lo deseaba.
Saltó y corrió a gran velocidad por los tejados, él la seguía muy de cerca, en el fondo, muy en el fondo y sin querer aceptarlo, le agradaban bastante aquellos poderes, sentirse imparable, que la fuerza lo recorriera por completo, que podría contra cualquier obstáculo que se le cruzase por adelante. Se detuvieron a las afueras de la ciudad, en una pequeña casa destartalada y entraron.
—Supongo que quieres deshacerte de aquellas túnicas —dijo con burla abriendo una gran puerta cerca de la sala.
—Sí, ya de nada sirven. —Clavó su mirada en la chica, no le tenía confianza y dudaba tenérsela algún día. Lo ponía nervioso, sí, pero debía ser fuerte, debía aprender a controlarse para regresar a su hogar.
—Aquí tienes ropa de hombre —sonrió lanzándole unas vestimentas elegantes de la época.
—Gracias —respondió al recibirlas.
Caminó por la casa buscando alguna habitación donde cambiarse, escudriñando con la mirada cada rincón. La casa era tan lúgubre como la vampira y eso lo mantenía atento a todo. Abrió una puerta y entró a un recinto aparentemente vacío, decidió que allí se cambiaría de ropa y lo hizo. Cuando se estaba terminando de abrochar la camisa, se acordó de su amiga, quien quizás ya estuviera casada o a punto de hacerlo. Suspiró con melancolía y un extraño sentimiento lo recorrió de pies a cabeza. La puerta se abrió de pronto interrumpiendo sus pensamientos.
—¿Me das privacidad? —Frunció su ceño con enojo al sentirla a su espalda.
—No —le respondió sonriendo mientras lo abrazaba por atrás—. ¿Estás seguro que eras sacerdote?
—No lo era —suspiró girándose y mirándola de frente, alejándola—. Estaba estudiando para serlo.
—Ahora te quito hasta el último rastro de esa vida —le sonrió mientras se le colgaba del cuello y juntaba sus labios, a pesar que él la había apartado.
Aquel beso no fue respondido por el chico, pero la vampiro no se daría por vencida y continuó con sus labios pegados a los de él. De a poco, y muy lento, comenzó a caer en las redes de la chica, cerró sus ojos y se dejó llevar por la suavidad de aquella, por primera en su vida sentía lo que era dar un beso y le gustó. Abrazó a la vampiro con fuerza, pegándola a él, ella hundió sus finos y delgados dedos en la cabellera del chico, impidiendo la separación de sus bocas. La tomó en sus brazos y la pegó contra la pared. No sabía muy bien por qué lo hacía, sólo que quería y necesitaba. Él nunca había tenido sentimientos que lo embargaran de esa manera.
Dejó los labios de la vampiro y quiso probar su cuello, bajó y pasó su lengua por aquel lugar, ella sonreía gustosa porque lo tenía en sus manos, como quería, ya poco le faltaba para tenerlo comiendo de su mano.
—Muérdeme —le ordenó—. Si quieres que sea tuya, muérdeme.
El chico no lo pensó dos veces y sacó sus colmillos, con suavidad mordió el cuello de la mujer. Su amiga de infancia se le vino a la mente mientras la sangre de la vampiro comenzaba a salirle, bebió un poco de aquel líquido y continuó probando cada una de las partes que componían el cuerpo de la mujer, sin dejar de pensar en la chica que se había quedado en su pueblo natal. Aunque de eso la vampira ni se enteró, ella pensaba que él sólo tenía mente para desperdiciarla en el cuerpo que había cuidado por tantos años ya.
Varios años pasaron, él ya conocía a la perfección cada una de las nuevas cualidades que poseía su cuerpo y también sus debilidades. Cada día despertaba con aquella chica entre sus brazos, pero a la vez, todo el tiempo pensaba en su amiga. No había pasado segundo de su existencia en que no la recordara.
—¿A dónde vas? —preguntó adormilada en la cama al ver que él se levantaba.
—Me iré lejos por un tiempo —respondió al vestirse, aquello era algo que debió hacer hace mucho tiempo, él lo sabía, pero esa vampiro tenía sus artimañas.
—No te vayas —dijo enterrando su cara en las sábanas—. Aquí tienes de todo y el desayuno está servido.
—Tengo asuntos pendientes —contestó abriendo la puerta de la habitación.
—¿Con la mujer que nombras en tus sueños? —cuestionó saliendo de la cama y con tono de enfado, con el paso de los años supo que él no pensaba en ella en las noches que disfrutan juntos.
—Son cosas mías —habló y salió con rapidez, sabía que si seguía con la conversación ella encontraría la manera de volver a engatusarlo.
—Volverás —musitó mirándolo desde el umbral de la puerta.
—No lo sé. —Miró la sala donde varias personas estaban amordazadas, esperando las horas para comer. El desayuno era un chico amarrado en la mesa.
—No fue una pregunta —sonrió—. Te lo aseguré.
El chico la miró con odio y salió de la casa, dando un fuerte golpe a la puerta. La odiaba, pero más se odiaba a sí mismo por haberse dejado engatusar hasta el punto de convertirse en el monstruo que era.
Corrió a gran velocidad, bastante tiempo le costó tomar la decisión de volver a sus orígenes, pero ya era hora de hablar con su mejor amiga y tal vez así lograr quitarse lo mal que se sentía después de haber abandonado todo, aunque sea diferente, desde muchos puntos de vista.
No supo cuanto tiempo avanzó por ciudades, campos, bosques, deteniéndose de vez en cuando a probar algunos bocados, hasta que divisó su pueblo una tibia tarde de primavera. Recordaba a la perfección el olor de la chica, saltó hasta quedar en el techo de una casa y olfateó el aire, esperando que le llegara aquel aroma tan particular que la caracterizaba, vainilla y tulipanes.
Sonrió al percibirla, aún seguía en el pueblo y estaba bastante cerca, pero otro olor acompañaba su cuerpo, uno que no reconoció. Dio un salto y bajó del tejado, se mezcló entre las personas que caminaban por las calles, observando cada rincón del lugar que abandonó hace tanto. Algunas personas se le hacían familiares, otras se quedaron viéndole como si fuera un fantasma, pero luego sus vistas se perdían en la distancia y él seguía caminando sin tomarlas en cuenta. El olor a vainillas y tulipanes se hizo presente unos pasos más adelante, se escondió en un callejón y desde allí miró a la mujer que vestía un elegante traje color mantequilla acompañado de un sombrero del mismo color, caminando del brazo de un señor muy distinguido, dedujo por la ropa que usaba. 
Se notaba que ya no era una niña, de su sonrisa radiante no había rastro, pero sus ojos castaños oscuros seguían igual de brillosos como aquel día que la conoció. Su cabello liso, ondulado en las puntas, le colgaba suelto hasta un poco más abajo de los hombros haciendo juego con el vestido ya que lo tenía castaño bastante claro. Cuando se subió a la carroza, pudo notar que su tez trigueña y su nariz perfilada continuaban igual de bellas.
Quitó su vista de ella y se metió por el callejón saliendo por otra calle, caminó con un rumbo fijo, antes de verla, debía ir a visitar a sus padres. Que si bien no se llevaban el premio a los mejores, eran quienes le dieron la vida y él los amaba por ello, al igual que quería saber de su hermano.
La casa donde vivió seguía igual, excepto por las personas que allí moraban, cosa que se enteró por los olores de la gente. Entró y golpeó la puerta, una sirvienta de corta edad abrió.
—¿Diga? —preguntó temerosa mirando al chico.
—¿Dónde están los señores? —cuestionó olfateando el interior, aún no se creía que sus padres abandonaran la casa que siempre perteneció a su familia, y menos su hermano, que juró que mantendría viva la finca.
—No se encuentran —respondió—. Están de vacaciones en la casa del lago.
—¿Aún viven aquí los señores Fellon? —indagó sonriendo al pensar que debió preguntar eso primero.
—No, señor —contestó con voz baja y evitando mirarlo—. Aquí viven los Wells.
—¿Sabe dónde puedo encontrar a los Fellon? —La confusión se hizo presente y se notó en sus palabras, no podía entender, aún, que ya no vivieran allí.
—Sí, en el cementerio…  —Alcanzó a responder, pero el chico ya había desaparecido.
Le bastó escuchar la última palabra para desvanecerse de aquella casa que por tanto tiempo fue su hogar. Corrió hasta llegar al lugar que le señaló la sirvienta y allí olfateó intentando que el olor de sus padres llegara a su nariz.
La noche comenzó a caer y aún no tenía rastro de sus progenitores, caminaba por entre las tumbas, lentamente olfateando, pero nada. Hasta que los percibió, dio un salto y cayó frente a las lápidas de sus padres, quitó la maleza que crecía en sus alrededores y pudo ver con claridad que ambos habían muerto con cuatro meses de diferencia, dos años después que arrancó del monasterio.
Se arrodilló frente a ellos y les pidió perdón por haber desaparecido tanto tiempo, por no haber dado rastro de vida y por no regresar a tiempo. Lloró porque no pudo darles el último adiós y por ser un mal hijo, a pesar que siempre evitara convertirse en aquello.
—No les puedo decir que nos encontraremos en el cielo. —Se puso de pie, secó sus lágrimas y corrió lejos del lugar—. Allí ya no hay espacio para mí… —susurró, pero esas palabras se las llevó el viento por la rapidez con la que avanzaba.
Unos pocos minutos le bastaron para olfatear el rastro de su amiga, unos segundos le tomó llegar al hogar de ésta y aparecer en el balcón de su habitación. Miró a través del vidrio y la vio acostada, golpeó y esperó.
La chica se puso de pie de un salto, tomó la fina bata para levantarse y se la puso encima. Se encaminó a la puerta pero otro golpe la detuvo, se dio cuenta que era la ventana lo que sonaba. Con temor y algo tambaleante, se dirigió hasta el lugar, abrió un poco el visillo y lo vio. Después de muchos años lo reconoció, no dudo en abrir enseguida, a pesar que sentía que se le caía el alma a los pies y que todo aquello no era más que un sueño.
—Ethan —susurró sorprendida al momento que él entró.
—He vuelto —dijo tomándola en sus brazos y abrazándola con fuerza, sólo con eso podía demostrarle cuánto la había extrañado.
Su amiga respondió de la misma manera, a la vez que el viento entraba con gran intensidad por la ventana, remeciendo las ropas de ella, el cabello de él y las cortinas que adornaban la habitación.
—No soy el mismo —musitó cerca del oído.
—Nos dijeron que habías muerto —sollozó escondiendo su cara en el pecho de su amigo, uno que se notaba más duro que lo que recordaba, y después pensó que al abrazarlo también se sentía raro, él había crecido y no sólo en estatura, sino que también en musculatura—. Le llegó una carta a tu padre, decía que no habían encontrado tu cuerpo, que habías desaparecido. —Intentó separarse, pero él no la dejó—. Te dieron por muerto... —Y comenzó a desvanecerse, su rostro se llenó de lágrimas y confusión y no supo qué hacer, todo se volvió confuso, no podía ser él, pero a la vez se sintió feliz por recuperarlo.
—En parte es verdad. —La separó un poco de sus brazos y la miró directo a los ojos, lo que debía confesarle no era nada de fácil y él arriesgaba su vida con ello, si es que su amiga no lo entendía—. Morí.
—No entiendo…  —susurró tan bajo que apenas se escuchó. Se quedó mirando la espalda de él, ya que se había alejado para cerrar la ventana—. ¿A qué te refirieres con que no eres el mismo? —preguntó al recordar sus palabras—. ¿Y con que moriste?
—No soy el mismo que conociste —respondió sin mirarla poniendo el seguro del ventanal—, ya ni siquiera soy humano.
—¿Qué eres? —indagó con curiosidad, asombro y algo de temor, pensando que si eso era un sueño, era muy raro.
—Vampiro —contestó girándose y mostrándole sus colmillos y sus ojos completamente negros.
Ella dio unos pasos atrás, alejándose de él. Tapó su boca con las manos, aguantando un grito que pudo delatar al intruso que estaba en su habitación, y lo miró con temor, no entendía nada, ¿qué era eso que se parecía a su amigo? Confusión, sólo eso había en su cabeza.
Volvió sus ojos a la normalidad y guardó sus colmillos, la miró fijo y le sonrió.
—¿Me apoyarás haga lo que haga? —cuestionó las palabras que una vez salieron de la boca de ella.
—Lo haré —respondió lanzándose a los brazos del chico a quien tanto extrañó y esperó, y si había algo que le diera fuerzas para saber que era él, su amigo, eran esas palabras que con tanta frecuencia se decían uno al otro.

* * * * *

Había encontrado de nuevo su rumbo, se quedaría en su pueblo natal con ella, su mejor amiga, que pesar de estar casada, no era impedimento para que cada noche él entrara a su habitación y charlaran acostados durante largo rato, hasta que ella caía en un profundo sueño en los brazos del vampiro.
—¿Qué me ibas a decir ese día que te conté mi deseo de ser servidor de Dios? —preguntó una noche recordando su decimoséptimo cumpleaños.
—No lo recuerdo —mintió alejándose de los brazos de su amigo, para qué traer de vuelta el pasado, y más cuando era uno doloroso.
—No eres buena para mentirme —sonrió jalándola para dejarla junto a él, nuevamente.
—Algo sin importancia. —Bajó su mirada apenada y con nostalgia, sus mejillas estaban sonrojadas.
—¿Qué cosa? —consultó riendo, ella seguía actuando como una niña y eso le gustaba.
—Que estaba enamorada de ti —dijo con rapidez escondiendo la cara entre sus manos.
—¿Estabas? —preguntó quitándole las manos y levantando el rostro para que sus ojos se clavaran en los de él.
—Lo estoy —aseguró sin poder quitar la vista de los grises ojos que tenía enfrente—. No te imaginas todas las noches que pedí por tu arrepentimiento frente a lo que deseabas para tu futuro, esperando a que volvieras y me dijeras que me amabas. —Unas lágrimas salieron de sus ojos, él la secó con sus dedos tiernamente.
—Te amo —musitó antes de juntar sus labios con los de ella.
La chica abrió sus ojos a más no poder, su sueño se volvía realidad. Los cerró con suavidad mientras abrazaba el cuello del vampiro, dejándose guiar por sus labios. Y luego pensó que se había ganado el Infierno, primero enamorada de un servidor de Dios y ahora engañando a su esposo. Aunque nunca se le pasó por la cabeza que podría irse al Fuego Eterno por estar enamorada de un vampiro.
La abrazó con fuerza, sin dejar de besarla, ya no era necesario imaginársela en la vampiro, la tenía frente a él, en sus brazos, su aroma de vainilla y tulipanes lo embriagaba. Dejó sus labios y bajó a su cuello, lo besó con suavidad, sacó sus colmillos y la mordió. Ella abrió sus ojos mostrando dolor, ahogó un grito y clavó sus uñas en la espalda de él, pero no le impidió que bebiera un poco de su sangre, y él tampoco se alejaría, había pasado tanto tiempo deseando aquello.

* * * * *

Las grandes gotas de lluvia empezaron a achicarse lentamente hasta que desaparecieron. La figura de un hombre que en ese momento se encontraba abrazando una montaña de barro ya casi inexistente, era lo que se veía en aquella parte del cementerio cubierto por la oscuridad de la noche.
Se arrodilló y golpeó con sus puños la mojada tierra, la lluvia se acabó, pero sus lágrimas no querían desaparecer.
—Lo siento —dijo una vez que sus golpes cesaron—. Si tan sólo me hubieras dicho… —susurró limpiando su rostro cubierto por el barro, dejando su cara manchada.
Fijó su vista en el suelo, apretando con fuerza sus ojos, el dolor que sentía en su pecho era incomparable y la culpa que lo cubría no tenía fin. Sería el peso que portaría por el resto de su vida y que lo llevaría por el camino del bien.
—Yo no quería… —musitó sin levantar la vista—. ¿Lo sabes, verdad? —preguntó al silencio de la noche—. Tal vez nunca debí volver… —Abrió sus ojos, clavándolos en la lápida que tenía al frente—. ¡¿Por qué?! —gritó apretando sus puños, soltando la rabia que se había acumulado nuevamente—. Ya no volveré a sentir tu aroma de vainillas y tulipanes, ya no tendré a quien detenga mis instintos asesinos, ya no estarás para decirme que me apoyas… —habló por lo bajo pasando con suavidad sus dedos por el dorado nombre grabado en la piedra—. Pero, te prometo, que seguiré adelante, recordando tus palabras hasta el fin de mis días, tal vez tengas razón y todo lo que me pasó sea por el bien de alguien más, quizás está en mi destino el ser lo que soy. Probablemente algún ser me necesite, tal como yo lo hice contigo. —Dejó de pasar sus dedos por la lápida—. Ésta será nuestra despedida, no nos volveremos a ver ni siquiera en la hora de mi muerte, tú estarás con los ángeles, yo en el Infierno.

* * * * *

Cada día que pasaba ella perdía más color, él no entendía qué pasaba, estaba seguro que no le quitaba demasiada sangre en las noches cuando la tenía en sus brazos. Pero también tenía consciencia de que cuando llegó al pueblo dejó de beber sangre humana para reemplazarla por la de vaca, o algún mamífero que encontrara en los alrededores, y tener el sabor de ella en sus labios lo hacían perder el control.
—¿Te estoy dejando sin sangre? —preguntó una noche preocupado.
—No, no lo haces —respondió abrazándose al cuerpo de su amante.
—Entonces, ¿qué te hace perder el color? —consultó intentando sacar información.
—No lo sé —contestó sin dejar de abrazarlo—, tal vez estoy enferma.
—No —dijo poniéndose de pie, sacándola de su abrazo con cuidado—. Estabas sana cuando llegué. —Se arrodilló junto a la cama y tomó la mano de ella—. Yo te estoy matando.
—No lo haces. —Le besó la frente—. Y si lo hicieras, no me importaría.
—A mí sí. —Le acarició la mejilla que ya no se sonrojaba—. No te haré más daño.
—Prefiero que me muerdas a mí a que lo hagas con otra. —Alzó un poco su voz, él sonrió.
—No sólo los humanos tienen sangre. —La abrazó con fuerza, más que nada para tranquilizarse él.
—Yo seré quien te sostenga y quien te apoye —respondió el abrazo—. Quien te dé el calor que necesitas, el consuelo y la amistad, también mi sangre.
—No, eso no, ya no más —susurró en el oído de ella, cerrando los ojos y aspirando el aroma que tanto le gustaba.
—Es mi decisión, respétala como yo lo hago con las tuyas —le dijo con seriedad, él únicamente la abrazó con más fuerza.
Su marido, preocupado por la salud de ella, contrató a un sin fin de médicos, brujos y curanderos, ninguno daba con lo que le hacía perder tanta sangre y ella tampoco cooperaba para que lo descubrieran. El vampiro no dejaba cicatrices cuando bebía.
Varios meses pasaron y, a pesar que él había dicho que no tomaría de su sangre, no lo cumplió. En parte porque ella no lo dejaba y tampoco era capaz de resistir el aroma que emanaba de su piel cuando la tenía tan cerca.
Su salud empeoró al pasar de los días, a veces no podía articular palabra alguna, él sólo se acostaba junto a ella, la abrazaba pegándola a su cuerpo mientras le acariciaba su cabello, su rostro, su cuello, sus brazos, susurrándole al oído lo bella que era y lo mucho que la amaba.
—Creo que pronto nos separaremos —habló con suavidad un fría noche de invierno.
—Nunca lo haremos —aseguró él con suavidad.
—Tú eres inmortal —susurró—, ya es seguro que moriré, y pronto.
—No dejaré que pase. —Le besó la frente.
—¿Cómo lo detendrás? —preguntó sonriéndole con dulzura.
—Me acompañarás en la eternidad —le respondió cerrando sus ojos.
—Lo haré, pero desde otro lado. —Le acarició la mejilla, secándole una lágrima solitaria que brotaba de sus ojos—. Nunca has sido partidario de convertirme en vampiro y yo no quiero estar aquí tanto tiempo.
—Pero… —musitó tomándole la mano—. No estoy dispuesto a perderte.
—No lo harás —le aseguró—. Estaré contigo pase lo que pase.
—Yo no podré ir a donde te encuentres. —La apretó con fuerza contra su cuerpo.
—Claro que sí. —Clavó sus ojos en los de él—. Donde tú vayas, yo iré, mientras esté en tu corazón, nada me separará de ti.
—No es lo mismo. —Varias lágrimas cayeron chocando contra las pálidas mejillas de ella.
—Yo te ayudaré cuando caigas y estaré contigo cuando me necesites —habló bajito, casi sin voz—. Te amo, siempre lo hice y nunca dejaré de hacerlo, a pesar que nos separe un muro tan grande como es la muerte.
—No, no nos separarán —dijo sin poder contener sus lágrimas.
—Debes dejarme ir —pidió cerrando sus ojos.
—No quiero —habló con desesperación mientras la apretaba con más fuerzas contra su cuerpo—. Te amo —susurró y la mano de ella, que se encontraba en su mejilla, cayó a un costado de su ser.
Ahogó un grito, nadie debía enterarse que se encontraba en aquella habitación, la abrazó con más fuerza, ya nada podía hacer, ella se había ido para siempre y esta vez él no podría seguirla.
Se quedó junto al cuerpo sin vida hasta el amanecer, mirándola, acariciándola, abrazándola. Junto a los primeros rayos del sol, abrió la ventana y saltó del balcón, corrió a gran velocidad, sin rumbo, hasta llegar a un campo vacío, donde descargó toda la rabia que sentía a través de gritos.

* * * * *

Vainillas y tulipanes, era el olor que cubría el cementerio, una tumba que hace unas horas había sido ocupada, se encontraba cubierta de tulipanes con un toque de aroma a vainilla. Nadie supo de dónde habían salido ni cómo llegaron hasta ese lugar, pero el agradable olor se mantuvo por unas semanas.
Algunas personas dicen que un hombre visita cada año aquella tumba, siempre en la misma fecha, para el cumpleaños de quien vive allí. Ese mismo día desaparece una vaca.
Siglos más tarde, la lápida fue removida por mandato de un hombre alto, ojos grises, cabellos castaños claros, tez trigueña y cuerpo fornido. Poniendo en su lugar otra, con el mismo nombre y fechas, pero con diferente inscripción, y dejando la frase más extraña que una persona normal pudiera leer en una lápida: «Abrázame, como abrazaste a la vida cuando los temores cobraron vida y me enterraste. Ámame, como amas al sol abrazador en mi corazón vampiro». Pero con un significado que sólo él, y quien yace en ese lugar, lo sabían.
Una vaca sigue desapareciendo en la misma fecha y un olor a vainillas y tulipanes continua impregnando el ambiente tétrico del lugar donde reposan los cuerpos, cada cierto tiempo, cada ciertos años, una figura recorre el cementerio, sin que nadie pueda distinguirlo jamás.




Fin

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