19 de junio de 2016

[Mi veneno] Capítulo IV: «Un demonio»

Las calles se veían tranquilas al lento caminar del señor que avanzaba hacia el lugar en donde había dejado a su pequeña. Debía estar durmiendo aún, ya que llevaban viajando alrededor de unas veinticinco horas y a su hija no le agradaba mucho dormir en el auto, a pesar de tener más de veinte años. Sonrió al recordar que seguía pensando en ella como su pequeña, ya que a simple vista se notaba que había crecido bastante.
Entró por la puerta marrón de aquel hotel, dejó las bolsas sobre una pequeña mesa y se acercó a la cama donde debía estar su hija. Se sorprendió cuando no la vio y, por unos momentos, se asustó.
—Te has tardado —dijo la chica saliendo del baño, secándose el cabello con una toalla, acababa de darse una ducha.
—Disfrutaba del paisaje —respondió su padre regalándole una sonrisa, como siempre solía hacerlo, al fin y el cabo ella era lo único que tenía y era su sol—. ¿Acaso no puede, un hombre viejo como yo, observar lo que le rodea?
—Otra vez con lo de la vejez —reprochó, dejando la toalla sobre la cama al sentarse en la orilla para abrocharse los bototos. Lo miró y rodó lo ojos, luego continuó con lo que hacía.
—Traje comida china —añadió, sin prestar atención al reproche, a la vez que se acercaba a la mesa a recoger las bolsas que traía.
—Hace tiempo que no comprabas. —Una vez que terminó, y olvidando todo porque su tripa le rugía, se acercó a su padre por atrás y lo abrazó fuerte.
—Así es —contestó al momento de voltear y besarle la frente. Luego caminó hasta donde habían unos cubiertos y acomodó todo para comer, invitando a su pequeña a compartir mesa.
Ella se sentó junto a él y tomó uno de los platos, observaba a su padre mientras comía, estaba extraño, y por más que intentaba no lograba sacarle información. Sabía que algo preocupaba a aquel señor y no debía ser bueno. Las preocupaciones de él nunca eran buenas…
Comieron en silencio, su padre acabó unos minutos antes que ella, recogió los platos y los tiró al basurero, acostumbrado a hacerlo desde que decidió aquella vida, cuando se le cruzó la madre de su pequeña. Pero había algo que nunca dejaría de lamentar: que su hija corriera con la misma suerte que él… o peor…
—Ahora —dijo con decisión al aparecer junto a su padre—, ¿me dirás qué tienes?
—No me pasa nada —le respondió con una sonrisa al terminar de botar el último de los platos.
—No me engañas —reclamó su hija frunciendo el ceño y cruzándose de brazos, mirándolo fijamente—. Te conozco demasiado bien.
—¿Me estás leyendo la mente? —Volteó y la miró acusadoramente. Luego caminó a sentarse al borde de la cama.
—¡Papá! —gritó enojada, tanto que comenzó a ponérsele la cara roja. Bajó sus brazos y apretó sus puños—. Sabes muy bien que jamás lo haría contigo.
—No te enfades —sonrió con dulzura, pero ella ignoró aquello.
—Bien —dijo aún con molestia mientras se acostaba en la cama junto a la que estaba su padre, dejando ver su enojo por cada poro de su ser.
Su padre la miró y sonrió aún más, ella le daba la espalda acostada en la cama. Sabía muy bien que si le decía algo sobre sus poderes, ella se enojaría y olvidaría el tema por un rato, por algo la conocía tan bien como la palma de su mano, o por lo menos creía conocerla así. Además le gustaba hacerla enojar, así le ayudaba con la personalidad, aunque ya estaba bastante crecida como para tenerla bien formada. Pero para él siempre sería su pequeña niña.
Encendió la televisión, con volumen bajo, no quería molestar a la joven. Puso una película de terror y sonrió más, esas cosas para él no eran más que ver una comedia. Graciosas, sí, era  la única palabra que se le venía a la cabeza cuando las veía, ni se parecían a la realidad, él lo sabía muy bien, quizás demasiado. Suspiró y continuó con su vista fija en la pantalla que mostraba a un cazador luchando por su vida contra un vampiro.
Unos minutos más tarde, su pequeña se había dormido, o eso creía él. Observó su reloj de pulsera, marcaban las 15:22 horas. Se levantó con mucho cuidado de su cama y salió casi en puntillas de la habitación. Dejó la televisión encendida para que su hija, si es que llegaba a abrir un ojo, pensara que seguía mirando la pantalla.
Sacó las llaves de su bolsillo y entró en su grande y costoso auto. Su hija le había puesto un nombre «ángel», a él no le agradaba mucho, le traía malos recuerdos, pero ¿cómo negarse a los caprichos de su pequeña? No le quedaba más que acostumbrarse. Suspiró y echó a andar el motor.
Salió del hotel y emprendió su viaje a un lugar retirado de la ciudad. Aceleró, ya iba un poco tarde, y es mejor no hacer esperar a la víctima, mientras más rápido, más pronto volvería con su hija. Además no podía negar que desde hacía tiempo que tenía ganas de ensartarle una bala entre ceja y ceja a aquel ser.
Llegó a una vieja fábrica de metales abandonada, estacionó su auto en cualquier lado y se bajó. Se atrevió a adentrarse un poco, la puerta chirrió al momento en que la abrió, todo estaba oscuro y los pocos rayos del sol que se filtraban no ayudaban mucho. Aun así no tenía miedo, hacía mucho tiempo que ese sentimiento había desaparecido casi por completo de su vida, si no fuera por su pequeña, no existiría esa palabra en su vocabulario. Pero ella era su razón de vivir y, a la vez, el más grande miedo que pudiera haber en su corazón, el simple hecho de pensar que pudiera pasarle algo lo lastimaba enormemente. Por eso prefería mantenerla alejada y protegida, además del hecho que ella ni siquiera tuvo la oportunidad de elegir, sino que él simplemente la arrastró a su destino, cruel destino.
Dio unos pasos más adelante, siempre atento, hasta que escuchó una risa tras él. Detuvo su lento avanzar y volteó. Preparado y listo para atacar si fuese necesario.
—No eres tan puntual como pensé —dijo un individuo, sentado sobre unas máquinas podridas por la falta de uso, un rayo de sol le llegaba justo al rostro, mostrando cada una de las facciones de la cara.
—¿Para qué me llamaste? —preguntó mirándolo a los ojos, lo hacía porque creía que de esa manera lograba intimidar más.
—Para hablar de tu hija —respondió el extraño con una media sonrisa en la cara. ¿Para qué más? Se levantó del asiento y avanzó con lentitud hacia el recién llegado, sin borrar ni un segundo la sonrisa del rostro.
—No te atrevas a acercarte a ella, Belial —amenazó sacando un arma, Belial miró aquello y su sonrisa se ensanchó aún más.
—Vaya, vaya. —Volvió a reír, pero esta vez soltando una carcajada—. Veo que te habló de mí.
—Más de lo que imaginas —contestó apuntándolo con el revólver, la mira estaba entre ceja y ceja de Belial.
—Si me matas —dijo levantando los brazos en forma de tregua—, no podrás salvar a tu hija. Y estoy seguro que es lo que más quieres en el mundo.
—¡Maldito demonio! —gritó el cazador, enfureciendo.
—Demonio, sí —rió el otro a la vez que bajaba las manos—. Maldito… tal vez.
—Habla, te escucho —rezongó de mala gana al dejar el arma donde antes, eso sí, con la mano bastante cerca porque un demonio nunca es confiable, y menos uno como Belial.
—Así está mejor —sonrió, de nuevo, al acercarse más—. ¿Supongo que su madre te habló de la profecía, ya que te contó sobre mí, también te dijo el resto de la historia?
—¿Profecía? —preguntó extrañado al alzar la ceja, si bien la madre de su pequeña le había dicho varias cosas, nunca le habló de alguna profecía.
—Repasaremos un poco de historia —respondió sentándose sobre otra máquina al lado del cazador, cosa de poder mirarlo desde la altura—. Está escrito que un ángel desobedecería las reglas de Dios y bajaría a la Tierra en forma de humano, para experimentar ciertos sentimientos…
—La historia de los ángeles caídos —interrumpió con sarcasmo, mostrando una mueca torcida en sus labios—. Ya la conozco, y no sé de qué me sirve.
—¡De mucho! —exclamó, más con risa que otra cosa, cómo le gustaba burlarse—. Aquel ángel no sería uno más de los caídos, simplemente desobedecería, y al volver a su lugar, los castigos más grandes del cielo caerían sobre él.
—¿Estás diciendo que ella era aquel ángel? —La voz confusa del cazador fue como un manjar delicioso para los oídos del demonio.
—No eres tan idiota como pensaba —rió, meneando las piernas, que le quedaban colgado, como si fuera un niño pequeño de lo más entretenido molestando a uno más grande.
—Con un tiro te vas directo al infierno. —Sacó el arma rápidamente y apuntó directo a la cabeza.
—Y con ese tiro se van las posibilidades de salvar a tu hija —contraatacó sin la mínima preocupación por el arma, es más, hasta se dio el lujo de encogerse de hombros y bostezar.
—Continúa hablando —refunfuñó al volver a dejar su arma donde antes, el demonio rió con fuerza, aunque sólo en su interior, no quería asustar al cazador.
—Así como dices —habló el ser—, ese ángel era ella, la conocía muy bien, bajó mucho antes de lo que imaginas, ni siquiera habías nacido. Recorrimos este mundo juntos…
—Al grano —interrumpió, le molestaba aquello, él había amado a aquella mujer, aún después de que se enteró de la verdad y a pesar que sentía que debía odiarla más que a cualquier otro, pero no podía, simplemente el amor era más fuerte.
—Por un momento olvidé lo tuyo con ella —añadió con sarcasmo, provocando molestia en el cazador—. Como desees —continuó hablando—, ya te imaginarás las muchas cosas que hicimos juntos —rió al decir eso—, pero, todo lo que empieza, debe tener un fin, y el de nosotros fue cuando te conoció a ti y, con eso, comenzó la profecía. El ángel enamoró al humano y su envase, podría decirse ya que el cuerpo que usaba no le pertenecía, lo sabes ¿verdad? ¿Lo entiendes? consultó al mirarlo fijamente, como si el cazador fuera un estúpido. Éste sólo rodó los ojos y lo ignoró. Bien… en su envase quedaría el fruto de lo prohibido.
—El amor entre ángeles y humanos —suspiró con resignación.
—¿Amor? —preguntó con un claro tono de burla en su voz. Dio un salto y se paró frente al cazador, aburrido de mirarlo desde las alturas—. Te puedo asegurar que de todos los sentimientos que ella probó en la Tierra, ninguno fue amor.
—¡No tengo por qué aguantar esto! —Se enfureció y tomó al demonio por el cuello de la ropa, alzándolo unos centímetros del suelo. No podía hacer mucho más, al fin y al cabo el envase que Belial estaba usando era más alto que el del cazador, más robusto y más pesado.
—Vamos, no te alteres, así no conseguirás nada —contestó sin darle importancia a los hechos, es más, hasta seguía sonriendo.
—¡Tú qué sabes del amor, demonio! —gritó mientras lo bajaba y soltaba con fuerza, el demonio perdió el equilibrio por unos instantes y luego volvió a la misma postura recta de antes—, si no eres más que un despreciable ser de las tinieblas.
—Esos son los vampiros —rió al acomodarse la ropa y sacudirse un poco de polvo del pantalón—. Deberían limpiar un poco estas máquinas, odio la suciedad. ¿Tú qué opinas? El cazador lo miraba fijamente, con el ceño fruncido. Y yo pertenezco al fuego eterno —añadió al mirarlo, y el hombre notó la seriedad de las palabras cuando se fijó en los ojos del demonio, unos que dejaban ver que con él no se jugaba.
—Aún no entiendo qué tiene que ver mi hija en todo esto —habló con molestia apretando los puños, algo en su interior le decía que aquel ser sólo jugaba y se divertía a su costa.
—Ya llegaré a esa parte, un poco de paciencia, ¿acaso no te gusta el misterio? —El cazador arrugó más la frente, el demonio sonrió—. Según las escrituras, él ángel que engendrara; ya sabes, sólo uno podrá ya que los ángeles no tienen sexo. Traería consigo a la criatura capaz de dominar el infierno y los cielos, y ésa, querido amigo, es tu pequeña.
—¿Ella lo sabía? —preguntó el cazador con voz casi imperceptible, no podía creer lo que escuchaba.
—Siempre lo supo —respondió el demonio—. Por eso evitaba el contacto con humanos. Otra cosa —añadió con una gran sonrisa—, gracias a mí tu hija nació.
—¿Qué? —cuestionó aún más incrédulo de todo lo que escuchaba, no podía confiar en ese demonio, aunque en el fondo él sabía que parte de lo que decía era cierto.
—Verás —respondió—, cuando me enteré que ella estaba llevando a cabo la profecía, la busqué hasta encontrarla, pero, a la vez, el cielo caía sobre sus hombros y un humano cualquiera, como tú, no era capaz de protegerla.
—¿Tú estabas enamorado de ella, demonio? —rió pensando que él había ganado, en esa ocasión, al demonio.
—Soy uno de los demonios más fuertes del infierno —contestó a la vez que su grandeza aumentaba—. Sólo amé a uno antes de caer y ése fue Dios, y no tengo la intensión de volver a amar en la vida, y eso que la mía será muy larga.
—Oh, sí, claro… hasta que te meta una bala en la cabeza bufó con algo de ironía y enojo. Pero bueno, ¿por qué la ayudaste? —continuó con las preguntas más importantes.
—Por la criatura que llevaba en su vientre —respondió con seriedad—. Tu hija será nuestra líder, en ella confiaremos y volveremos al cielo.
—Ella nunca estará del lado de los demonios, de eso puedes estar seguro —rió a carcajadas, conocía a su hija y prefería enviar demonios de vuelta al infierno que unírseles a ellos.
—Tal vez pienses eso —sonrió de medio lado, ignorando al cazador—. Pero no creo que se vaya al lado de quien pretende cazarla.
—¿Qué dices? —El hombre enmudeció luego de eso, abrió sus ojos a más no poder y pensó en su pequeña que estaba sola en aquel cuarto de hotel, no podía permitir que algo le sucediera.
—Lo que escuchaste —añadió con burla—, el cielo caerá sobre tu hija.
Un ruido alertó a ambos, se giraron rápidamente en dirección a donde provenía. El demonio sonrió aún más y se sacudió bien la ropa, se arregló el cabello con las manos y se preparó para conocer a alguien muy importante. El cazador, en cambio, sólo miró afligido hacia el lugar de donde provino el ruido.

Se hizo la dormida esperando que su padre hiciera algún movimiento delator, estaba más que segura que su padre le ocultaba algo y haría cualquier cosa con tal de descubrirlo. Al cabo de unos minutos obtuvo el resultado. El hombre, de cortos cabellos castaños claros, pequeña barba algo blanquecina, alto y cuerpo de deportista, había salido de la habitación dejando el televisor encendido, de seguro para que ella pensara que seguía allí.
Rodó los ojos y se puso de pie casi al instante en que la puerta se cerró. Agarró una chaqueta y esperó que el auto de su padre se dirigiera a la salida, una vez que sintió su lejanía, asomó su cabeza por la puerta para ver en qué dirección iba.
—A la derecha —se dijo a la vez que cerraba la puerta tras de sí.
Avanzó a paso veloz por la acera, intentando no perder de vista el auto, o más bien no perder las direcciones que tomaba. Pero a varios metros de seguirlo, lo hizo de todas maneras, su padre era un as al volante y, a pesar que el auto era enorme, no pudo continuar con el rastro.
Dio una patada al suelo y maldijo por ser tan lenta, por ser de día y por ser lo que era. Entró por un callejón, cerró sus ojos y se concentró hasta que encontró la presencia de su padre. Salió del lugar en el que se encontraba, apresuró su paso y caminó en busca del misterio que escondía el ser que le dio vida.
Luego de caminar por varios metros, llegó a una vieja fábrica. El cerco estaba más en el suelo que de pie, las paredes estaban mohosas y oxidadas, las puertas y ventanas estaban que se caían. Entró sigilosa y más adelante vio el auto de su padre, pero él no estaba allí. Continuó avanzando y escuchó voces a lo lejano, se agazapó, casi arrastrándose, hasta que llegó bastante cerca de donde se encontraba su padre con otro sujeto, un demonio, lo percibió al instante por el aura de aquel ser.
Se quedó lo más tranquila que pudo, tratando de escuchar algo de lo que conversaban, su padre tendría mucho que explicarle, ya que era bastante raro ver a uno de los mejores cazadores conversar con un demonio y, por lo visto en su alma, no era uno de baja estirpe, debía ser uno de los mejores en su clase, si es que no era el mejor.
Aunque, por más que trataba, lo único que llegaba a sus oídos era el suave susurro del viento que se llevaba las palabras de ambos. Miró su reloj de pulsera, ya pasaban de las 18:00 horas. El  cielo se había nublado hace varios minutos y anunciaba precipitaciones, metió su mano en el bolsillo comprobando que su daga, regalada por el esposo de aquella cantinera, estaba en el lugar de siempre. Volvió a concentrarse en la conversación.
Un gato negro cruzó por el lugar, tocando con su cola la espalda de la chica, quien dio un respingo moviendo una pieza de una maquinaría. El ruido que provocó puso en guardia a los dos seres que se encontraban más adelante.
—¿Qué haces aquí? —Su padre se adelantó unos pasos al verla.
—Buscaba al gato —le respondió tomando en sus brazos al animal y haciéndose la desentendida.
El demonio estalló en carcajadas a la vez que el cazador avanzaba hacia su hija con un gesto de preocupación y enojo, quizás hasta algo de temor. Ella tragó saliva, tenía el presentimiento que su padre se enojaría tanto que hasta la castigaría, como cuando era una niña pequeña y desobedecía.
—Te hacía dormida —gruñó por lo bajo al fruncir el ceño.
—No lo estaba —contestó bajando al animal y guardando los pensamientos del castigo en otro lado, había cosas más importantes—. ¿Qué haces con ese demonio?
—Vaya, vaya, vaya —rió el demonio llegando junto a ellos—. La has entrenado bien, por lo que veo —dijo dando una vuelta alrededor de la chica—. ¿O escuchaste nuestra conversación? —La miró como si quisiera traspasarle la piel, por unos segundos ella sintió que ese demonio era más de lo que aparentaba.
—No —respondió con firmeza.
—Pero lo intentaste, no lo puedes negar —continuó riendo.
—Sí —habló sin titubear y clavando la mirada en el ser.
—Me agradas —añadió alejándose un poco de ambos—. Eres sincera.
—Vete al hotel —ordenó su padre y su ceño fruncido se hizo más notorio.
—Pero no quiero, quiero saber… —reclamó, y al demonio le pareció que ella hacía una rabieta de niña consentida y mimada, sonrió por eso.
—Vete al hotel —repitió su padre con calma sin dejar que la chica terminara.
—Deja que se quede —añadió el demonio en defensa de la chica—. Veamos que tan rendidor ha sido su entrenamiento.
—Con ella no te metas —amenazó al pararse frente a su hija a modo de defensa.
—Déjala que decida —rió el demonio, el hombre lo miró seriamente—. Ya está grandecita para eso, ¿no crees?
—Papá —dijo la chica con voz apenas perceptible—, quiero que me aclares mis dudas, no me voy sin ti.
—¿Tienes algo más que añadir a nuestra conversación? —preguntó el cazador sin dejar de mirar al demonio.
—No, ya te conté la historia —contestó mostrando su sonrisa y sin quitarle el ojo a la chica.
—Bien.
Con un rápido movimiento sacó su arma de su estuche y apuntó. El disparó iba en dirección al demonio, que aún sonreía, sin nada que se le interpusiera en el camino, completamente limpio y certero. Pero Belial levantó su brazo, abrió su mano y la bala se fue al suelo sin llegar siquiera cerca de él.
—Esa pistola te la regaló ella —rió con fuerza—. Yo le enseñé a hacerlas.
El cazador maldijo por lo bajo a la vez que un poder sobrenatural lo arrastraba cerca del demonio y lejos de su hija. La chica miraba todo un tanto alejada, nunca había visto que un demonio pudiera manipular las balas de aquella pistola, asombrada por lo que pasaba, no sabía qué hacer. Se quedó pasmada.
El demonio dejó al cazador frente a él y lo soltó de su agarré telequinésico, pestañeó y dejó al descubierto sus profundos ojos completamente rojos. La chica ahogó un grito de sorpresa frente a eso, ella sabía que ese demonio no era cualquier cosa.
—¿Qué te parece una pelea, uno contra uno? —preguntó cerca del cazador.
—Acepto —le respondió el humano con una confianza que no supo de dónde salía, quizás por las ganas de proteger a su hija.
—Entonces, que empiece la diversión —dijo el ser dando un salto atrás y riendo, como era usual en él.
Avanzó con gran velocidad el demonio al encuentro del cazador, éste se puso en guardia esperando el ataque, no por nada estaba catalogado entre sus semejantes como uno de los mejores a la hora de la pelea. El ser de rojos ojos arrojó un golpe directo a la cara, el cual esquivó con dificultad el cazador, pero haciendo un rápido movimiento con las piernas, lanzó una patada en las rodillas de su contrincante que lo mandó al suelo.
—Eres ágil —dijo el demonio al ponerse de pie.
La batalla se libraba frente a los ojos de la chica quien temía por su padre. Aquel demonio era muy poderoso, lo sabía por el color de sus ojos y por el aura que irradiaba. Tenía que ayudar a su padre, pero continuó sin moverse, no entendió qué le pasaba.
Vio cuando el cazador tumbó al ser, sonrió por eso, pero a los segundos después el malvado demonio lo había tomado por el cuello y lo levantaba con facilidad. Quiso gritar de la preocupación, pero el sonido jamás escapó de sus labios porque se quedó mirando cómo su padre luchaba con todas sus fuerzas frente al agarre. En unos segundos el demonio lo lanzó lejos, donde el cazador se golpeó la cabeza contra varias máquinas y su cuerpo cayó dándose otros golpes hasta que llegó al suelo firme.
—Bien, creo que sólo quedamos tú y yo, pequeño medio ángel —dijo el ser acercándose a la chica.
—Entonces la pelea será entre los dos. —De un momento a otro, y luego de ver a su padre en esas condiciones, había recuperado todas las agallas y sentía que podría volver a moverse, por eso le respondió al demonio de forma amenazante.
—Es lo que esperaba desde que te sentí cerca —rió el ser de ojos rojos—. Qué tal si me muestras tus poderes.
La chica se puso en guardia, si bien no era una experta con sus poderes porque nunca había tenido, ni querido, una oportunidad para usarlos, estaba dispuesta a todo con tal de proteger a su padre, era lo único en que pensaba en ese momento y por quien temía.
—Veamos qué te enseño ese humano —dijo el demonio extendiendo su mano.
La chica lo miró fijo, el demonio sonreía a la vez que con su mano le lanzaba un poder con la mente a la joven que tenía enfrente. Ella con su mirada lo detenía, le costaba, su cabeza empezaba a dolerle, el demonio era demasiado fuerte.
Se concentró y lanzó más de su poder mental sobre aquel ser, sintió algo de ventaja sobre el demonio y, a éste, se le borraba la sonrisa de sus labios. Se concentró aún más y logró lanzar al demonio lejos de allí. Con una sonrisa de triunfo avanzó hacia su padre, pero una fuerza la arrojó lejos.
—¿Creías que con eso me dejarías inconsciente? —Rió el demonio—. Sólo te estaba probando.
La chica estaba en el suelo con los ojos cerrados, no se encontraba inconsciente y en ningún momento pensó que aquel demonio lo estaría con el golpe que le dio, tenía pensado ir a ver a su padre, por eso le bastaba con enviar a aquel ser de ojos rojos un poco lejos. Aunque lo había subestimado, era más rápido, mucho más, de lo que imaginó.
El demonio caminó hacia el cazador que estaba en el suelo, lo levantó de la ropa con su mano, dejándolo por encima de su cabeza. Y se burló de aquel que había traído al mundo al ser capaz de dominar los cielos y el infierno.
—¿Qué tanto te ríes? —le preguntó el cazador abriendo sus ojos.
—A tu hija —respondió con calma—, le falta algo de motivación.
Volvió a lanzar al cazador contra otras máquinas, un gran estruendo se escuchó cuando éste chocó. El demonio corrió a gran velocidad para tomarlo, esta vez por el cuello, y lo elevó como si no fuera nada, una pluma.
Un gran resplandor apareció tras el ser, sonrió y soltó al cazador, la motivación había llegado. Se giró para mirar a la chica y, al momento de hacerlo, recibió un fuerte golpe en la cara que lo mandó unos metros lejos del cazador. Ella voló hasta donde se encontraba el cuerpo del demonio y lo tomó con sus manos, lo levantó y vio la sonrisa de éste.
—Aún eres muy débil para mí —dijo riendo.
La joven volvió a lanzarlo, esta vez no muy lejos, quería acabar con aquel demonio aunque fuera tan fuerte. Su padre estaba malherido por culpa de aquel ser. No entendía cómo el cazador había caído tan fácilmente ante los golpes del demonio., sabía que era fuerte, pero su padre lo era aún más.
Dejó de lado sus pensamientos, agitó sus alas y dio un salto en dirección al ser, pero, esta vez, el demonio se puso de pie y con su mano extendida la detuvo con una barrera invisible, el tipo reía y la chica batallaba para romper aquello que la separaba de su cometido.
Calmó su batalla contra la pared invisible y abrió sus alas lo que más podía, su cuerpo entero despedía una gran luz. El lugar resplandeció por completo, en vez de noche parecía día. Aun así el demonio no bajó sus fuerzas, la barrera seguía siendo impenetrable, tal y como estaba desde que fue creada.
Miró al ser a los ojos, intentando hacer lo de hacía un rato con sus poderes mentales, bien sabía que con sus alas en el exterior sus poderes aumentaban más del doble. Pero al parecer nada surtía efecto.
El demonio continuaba con su sonrisa de par en par, observaba a la chica seria que tenía enfrente, pensando en el futuro que les esperaría cuando ella estuviera lista. Sentía como aquel medio ángel intentaba golpearlo con sus poderes mentales, sin tener resultado, no era imposible, él lo sabía a la perfección, pero a ella aún le faltaba mucho por aprender. Soltó la barrera invisible y esperó tranquilo el ataque de la chica.
Se apresuró en ir a golpear al demonio una vez que la barrera desapareció, esperaba que la sonrisa del ser se fuera mientras ella se acercara, pero fue todo lo contrario y eso la hizo dudar, aún así continuó su ataque, sin tomar siquiera una precaución. Al llegar frente al demonio y tratar de golpearlo, éste la detuvo y la tomó del cuello.
La dejó suspendida en el aire, unos pocos centímetros sobre la cabeza de él, con sus poderes mentales, dio una vuelta alrededor de ella, fijándose en sus resplandecientes alas y en todo lo que llamara la atención y fuera importante.
—¿Qué quieres de mi padre? —preguntó ahogadamente ya que el ser apretaba su cuello.
—Absolutamente nada —respondió mientras seguía a su espalda.
—Entonces, ¿qué quieres? —La curiosidad pudo más, sobre todo en ella cuando se trataba de su padre y de lo que era, cosa que no le gustaba para nada, si la hubieran hecho elegir, nunca hubiera escogido ser mitad ángel.
—A ti —contestó sin titubeos—, pero con más poder, si no logras derribarme, no nos servirás.
El demonio jaló las alas de la chica, desde donde nacían en su espalda hacia abajo, provocando un fuerte e indescriptible dolor en ella, su brillo se extinguió y un fuerte grito de dolor resonó en el lugar.
El ser la soltó del cuello y ella cayó de rodillas con sus alas caídas, flácidas, sin vida. De su espalda brotaba aquel espeso líquido color rojo, manchando su ropa y sus alas. Respiraba agitada, apretando fuerte sus párpados que mantenía cerrados, ahogando todo el dolor que sentía al apretar sus puños y retorcerse de dolor aguantando las lágrimas. Comenzó a hacerse un ovillo.
—Necesito que te vuelvas invencible —le susurró el demonio a la vez que tomaba su cabello y se lo jalaba hacia atrás, para poder mirarla a los ojos. La chica los abrió y varias lágrimas brotaron sin permiso.
—Mátame de una vez —dijo con un hilo de voz y casi en súplica.
—No estás entendiendo nada —habló con enfado mientras levantaba a la chica y le propinaba un fuerte golpe en el estómago—. No te quiero muerta.
Levantó a la chica con sus poderes mentales, no quería ensuciarse con sangre, y con un parpadeo la lanzó contra unas máquinas, al lado contrario de donde estaba el cazador, aún tumbado en el suelo.
Se golpeó la espalda contra la dura maquinaria, su dolor se volvió más intenso al pegarse donde tenía sus alas lastimadas. Se levantó lentamente mientras concentraba todo lo que sentía en algún lado que no fuera su espalda, decidió centrarse en quien era el culpable de semejante dolor. Y en que ella era fuerte, ella podía.
De a poco comenzó a guardar aquellas cosas con las que podía volar, su cuerpo pedía a gritos que las dejará donde estaban, pero si lo hacía, aquel lacerante dolor en su espalda no acabaría. Cayó de rodillas, soportando todo el peso en su espalda, y aún no guardaba la mitad de ellas.
—El dolor es sólo mental —le dijo seriamente—, primera lección que debes aprender —añadió a la vez que volvía a lanzarla lejos.
Esta vez no logró evitar el golpe de frente, golpeándose el rostro con la máquina. No se dio por vencida y continuó guardando sus alas, no podía pelear, no con ellas colgando en ese estado. Con las rodillas apoyadas en el suelo y las manos sobre la tierra, su cabello se dejaba caer tocando con sus puntas las manos, unas gotas de sangre salían de su boca y el sudor resbalaba por su frente. Apretó sus parpados, dio un gritó y sus alas se metieron por completo en su cuerpo, apenas logró levantarse y ya el demonio estaba frente a ella.
—Veo que aprendes rápido —rió el demonio.
Las piernas de la chica flaqueaban, su boca y su espalda sangraban, tenía un punzante dolor en el estómago y un fuerte escozor le molestaba en la frente, aun así no dejaría aquel demonio sin el más leve rasguño.
Apretó sus puños y se lanzó al ataque, dando un acertado golpe en el rostro del ser de ojos rojos. El tipo agarró el puño de la chica, apretándoselo y dejándola inmóvil, le dio tres fuertes golpes en el estómago, la chica cayó rendida de rodillas aprensando con sus brazos las golpeadas costillas. Otro hilo de sangre, más grueso que el anterior, brotó de sus labios.
—Sabes —susurró al momento que se acuclilló frente a ella—, tengo un remedio especial para que te vuelvas fuerte: venganza —dijo poniéndose de pie—. Algún día me lo agradecerás. —Caminó lentamente hacia donde el padre de la chica se encontraba poniéndose de pie lentamente, harto de ver cómo golpeaban a su pequeña y él sin poder hacer absolutamente nada.
—No —musitó tratando de gritar, pero todo el dolor era demasiado como para que le saliera más voz—. Detente...
Su voz se perdía en la penumbra de la noche, el demonio caminaba a paso seguro al encuentro del cazador, ella intentó levantarse para ir en ayuda de su padre, pero le fue imposible hacerlo.
Su padre se elevó unos metros, ella lo miró sin poder hacer nada, varias lágrimas salían de su lastimado rostro mientras seguían intentando gritar, pero lo único que salía de sus labios era sangre, sangre y más sangre.
El cazador observó a su hija en el suelo en aquel estado, su mayor miedo se hacía realidad, pero sabía muy bien que ese demonio no la mataría, al igual que tenía claro que él moriría, sería el último momento en que vería a su pequeña. Lamentó el no tener más tiempo a su lado, lamentó el no poder protegerla, lamentó el no poder darle una vida normal, que tuviera lo que cualquier chica desea. Pero más que nada lamentó todas las cosas que lo ocultó y que ya no tendría oportunidad de revelarle.
—¡Hayley! —Fue el último gritó que lanzó el gran cazador antes que su cabeza girara en 180º, causándole una muerte instantánea.
—¡¡¡No!!!
Y aquel grito salió con una fuerza que no supo de donde. Se puso de pie y sacó su daga, estaba dispuesta a ir al ataque del demonio con una energía que no entendía de dónde venían. Lo único que sabía era que ese demonio no se las llevaría limpias, no señor, no después de haber matado a su padre.
Mientras el cuerpo inerte caía, ella le enterraba aquella fina y plateada hoja al ser que le había quitado lo más preciado que tenía. Un profundo corte en un costado fue el resultado de su ataque. Eso era suficiente para enviar al demonio de vuelta al Infierno, siempre pasaba eso cuando le enterraba la daga a algún demonio, sonrió satisfecha, por lo menos su padre no murió en vano, ella lo había vengado.
—Sólo dañaste el envase —dijo el demonio tomando a la chica de sus cabellos—. Se necesita mucho más que un cuchillito para acabar con el gran Belial —susurró y nuevamente la envió contra las máquinas, pero esta vez azotó su cuerpo con las mismas que había golpeado a su padre—. ¿Te das cuenta cómo tenía razón? El matar a tu padre te dio la fortaleza que necesitabas para atacarme —habló mientras se acercaba a ella—. Han sido suficientes lecciones por el día de hoy, me retiro, que pases buena noche —añadió con sarcasmo lo último, momentos antes de desaparecer.
La chica se quedó en el suelo, su cuerpo no le respondía, por más que intentara moverse, no lo lograba. Su padre se encontraba muerto unos pasos más adelante y ella no era capaz de llegar hasta él.
—Prometo, papá —dijo juntando sus últimas fuerzas—. Que vengaré tu muerte, aunque tenga que morir en el intento o ir hasta el mismo infierno en busca de Belial. Te vengaré…
                                                                       Sus ojos se cerraron, sus fuerzas habían acabado.

Fijó rumbo hacia el suroeste, luego de bajar de aquella torre y subir a su ángel. Minutos más tarde llegó a un poblado, tenía hambre y sed, buscó una posada, la primera que encontró y que no tuviera tan mal olor. Que no estuviera muy llena, se aburría de la bulla, y que no apestara a ser sobrenatural, ya había tenido mucho por el día. Y, obviamente, que estuviera abierta a esas horas de la noche. Luego de dar algunas vueltas por varias calles, encontró lo que necesitaba, parecía un lugar pasable, con respecto a otras tantas que había visitado en su vida. Estacionó su ángel y entró en el lugar
Una fuerte presencia demoníaca se hizo presente apenas abrió la enorme puerta del local, suspiró, justo lo que no buscaba. Sintió algunas miradas sobre ella y buscó con la vista aquella presencia, fingiendo que buscaba una mesa vacía.
Encontró ambas cosas, una mesa estaba libre en lo más alejado del lugar, se dirigió allá y observó al tipo sospechoso que estaba sentado en el bar.
—¿Qué vas a querer? —preguntó una chica rubia con poca ropa.
—Una hamburguesa y una bebida —le respondió sin mirarla.
—Tengo de queso con carne, de pollo… —habló la rubia antes de ser interrumpida.
—Una normal, por favor —pidió sin ganas de tener que elegir entre cosas que encontraba todas iguales.
—Como digas —se giró enfadada rodando los ojos y metiendo la libreta, junto con el lápiz, en el bolsillo del delantal.
Continuó mirando al ser, su aura le era conocida pero a la vez no. Algo raro sentía. El hombre se paró, dejando a la vista a un chico alto, de cabellos negros, piel tostada, sus azules ojos se posaron en la chica que no dejaba de mirarlo, le sonrió y caminó rumbo al baño.
Se puso de pie, inmediatamente, para intentar seguirlo, un demonio no se le podía escapar, y menos aquel, que al parecer la estaba llamando. Eso era un reto, un desafío, y ella no podía verse opacada por algo así, no por nada se había ganado una fama, una que sólo quería para que aquel demonio volviera y poder realizar su venganza, sabía que así lo atraería. Él la quería más fuerte, y mientras esos rumores circularan por su mundo, se sentiría llamado a saber si aquello era cierto. Ella esperaba fervientemente aquel momento.
—Aquí está tu pedido —dijo la mesera deteniendo el paso de la chica, con enojo—. ¿Ya te vas?
—No —respondió aún más enfadaba que  la recién llegada porque el tipo no había entrado al baño y había desaparecido cuando la mesera llegó—. Gracias.
—De nada —contestó la rubia dándole la espalda.
Comenzó a comer, aún sentía la presencia cerca, sabía que debía acabar con el ser, pero el hambre le ganó y la hamburguesa estaba demasiado buena como para dejarla de lado. Así que siguió concentrada en no perder su presencia mientras continuaba comiendo. Si el ser se mantenía cerca, no había problema, pero si se alejaba…
A los pocos minutos el demonio volvió al lugar donde estaba anteriormente, la chica lo vio, pero continuó comiendo y observándolo de reojo. Al parecer aquel ser era amigo de la cantinera, hablaban de lo mejor y reían sin parar, observó a la mujer de cabellos castaños y rizados que servía tragos, pero no encontró presencia maligna en ella, lo más probable es que estuviera coqueteándole al demonio, ya que el cuerpo que había tomado era el de un chico bastante guapo.
La puerta de la posada se abrió, dejando a la vista de todos a tres chicos de no más de veinticinco años, la chica los observó hasta que se sentaron un poco más lejos que ella.
—Genial —refunfuñó con notoria molestia—, ahora llegan vampiros, ¿después qué, licántropos, metalliums? —suspiró y tomó de su bebida que le refrescó la garganta.
Cuando terminó de comer, decidió quedarse un poco más, al fin y al cabo el demonio seguía allí y no parecía tener la intención de irse. Ella se percató que el tipo miraba de reojo, y de vez en cuando, a los vampiros que llegaron, cosa que le llamó la atención. Así que se quedó observando a los cuatro sin perder detalle.
Vio a los vampiros hablar con la mesara que la atendió y como ella le respondía riendo. Continuó atenta a cualquier movimiento, ellos venían a alimentarse y, al aparecer, uno ya había elegido a su presa. Eso le apuraba más que el demonio que seguía tranquilo hablando con la cantinera. Aun así no dejaba de lamentarse por su suerte, quería una noche calmada.

—¿Sabes quién esa chica? —preguntó el tipo de azules ojos a la cantinera, mientras le señalaba con la cabeza a la que estaba sentada en la esquina.
—No, nunca la había visto por acá —respondió la mujer apoyando sus codos en la mesa—. Pero al parecer le llamaron la atención los recién llegados —dijo con una sonrisa pícara al notar que la chica miraba atentamente a los vampiros.
—No creo que sea lo que imaginas —sonrió por las cosas que pensaban las humanas.
—¿Por qué lo dices? —consultó con curiosidad, ella tenía fama por ser buena observadora en asuntos de pareja.
—Por cómo los mira —habló el de azules ojos—. Esa mirada es de odio.
—No quiero peleas en el local —dijo quitando el apoyo de sus brazos y tratando de salir de donde se encontraba, pero el demonio la detuvo tomando su brazo.
—No habrá peleas —aseguró clavando su mirada en ella, una penetrante y llena de tranquilidad.
—¿Cómo sabes? —indagó incrédula, era imposible que él lo supiera.
—Digamos que soy adivino —rió el demonio—. Ella no parece de las que arman alboroto.
—Es verdad —suspiró y volvió a su trabajo, había muchas cosas que hacer, y en el caso que se armara una pelea, ya vería cómo arreglárselas.
—Creo que le invitaré un trago y me marcharé —anunció mientras llamaba a un mesero que pasaba cerca—. ¿Tienes lápiz y papel? —preguntó mirando a la cantinera.
—Aquí tienes. —Le entregó lo pedido y continuó con lo suyo.
—Quiero que le entregues un trago y una nota a la chica de la esquina.
—Como diga, señor —contestó el mesero pensando que así obtendría una propina extra.
El demonio escribió la nota mientras la cantinera terminaba de preparar una margarita para llevársela a la chica. Una vez listo, lo pusieron en una bandeja y el mesero fue a dejárselo, lo más rápido posible y tratando de no cometer ningún error, sentía que eso era realmente importante.
La presencia demoníaca se puso de pie y caminó a la salida del local, la chica se dispuso a salir tras él, pero los vampiros ya tenían a otra chica junto a ellos. Apretó sus puños, o era una cosa o la otra, pero el demonio se iba sin hacer nada, mientras que los vampiros tenían su cena servida.
—Esto es para usted —dijo un mesero entregándole una bandeja con un trago y una nota, interrumpiéndola en sus pensamientos.
—Yo no pedí eso —contestó al volver a estar atenta a los movimientos de los vampiros—. Yo no bebo.
—Se lo manda el señor que se retira —añadió dejando la bandeja en la mesa.
La joven observó la puerta y el demonio le hizo una seña de despedida a la vez que le sonreía, miró la bandeja y tomó el papel.
«No pensé volver a verte tan pronto, veo que te has vuelto mucho más fuerte que la última vez que nos vimos, me alegro que mis enseñanzas te sirvieran de algo. No me sigas, aún no estás lista para enfrentarte a mí.
Por cierto, tu padre te manda saludos desde el infierno, si supieras cómo se han divertido los demonios que una vez mató, la están pasando de lo mejor.
No me busques, yo lo haré contigo cuando sea el momento.
Belial».
Podía sentir la rabia y la ira recorrer todo su cuerpo, arrugó la hoja y la dejó sobre la mesa, corrió al encuentro de aquel demonio, no le haría caso, esta vez lo mataría, no dejaría que se burlara de ella una vez más.
Se detuvo al escuchar unos gritos tras ella exigiéndole que debía pagar lo consumido.
—Ya vuelvo —dijo a la vez que abría la puerta.
Se inmovilizó al ver lo que pasaba afuera, Belial frente a Bastian.

El demonio mostrando sus ojos rojos, el vampiro mostrando sus afilados colmillos y sus ojos completamente negros. Ambos se miraban con odio y dejando una distancia entre sus cuerpos. Estaban listos para una gran pelea.

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