22 de mayo de 2016

[Mi veneno] Capítulo II: «Un vampiro».

Más allá del bosque, cruzando el campo abierto, había una cueva. Estaba allí desde el principio y muy pocos se atrevían a entrar sólo a dar un vistazo. Algunos dicen que es por el olor a muerte que se siente a metros de distancia, otros comentan que hay algo allí dentro que una vez que te ve no te dejará en paz hasta que te devore, y otros simplemente señalan no acercarse porque la cueva les da miedo.
Pero, esa noche, tres figuras se veían caminar por el bosque: dos mujeres y un hombre que no aparentaban más de diecinueve años. Avanzaban por la oscuridad como si fuera de día. Ágiles y dóciles como una gacela, muy seguros de sí mismos y esperando encontrar diversión a donde se dirigían.
—¿Crees que sea verdad lo que dijeron en el pueblo? —preguntó el chico sin mirar a sus compañeras y sin detener el paso.
—No —respondió la de cabellos cortos y negros—. ¿Acaso el gran Ian tiene miedo? —Su voz sonaba burlesca, desde la primera letra pronunciada hasta la última.
—No te burles de mí, Kim. —La miró fijamente, pero la otra no se dejó ganar—. A ti te conviene tanto como a mí que las cosas nos resulten bien a los dos.
Kim resopló y giró su cabeza para mirar el camino que debían seguir. Ian, sabiendo que había dado en el clavo, sonrió de medio lado y miró hacia el mismo lugar.
—Sea lo que sea que esté en la cueva —sonrió la otra chica, aunque fue una sonrisa desconcertada porque no entendió nada de lo que hablaban los otros—. Si descubrimos lo que es, él nos lo agradecerá.
—Así es, Annie, podremos ganar su confianza —añadió Ian aún con su sonrisa dibujada en el rostro—. Será como un pase de protección.
—Primero debemos encontrar a la criatura —habló con serenidad Kim, ya se había recuperado del encuentro con Ian—. Será mejor que sigamos avanzando.
Y, obedeciendo aquello con un asentimiento suave, continuaron caminando manteniendo el paso, rápido y seguro, ellos no le temían a los rumores del pueblo, estaban decididos a acabar con la bestia que vivía en la cueva, si es que había algo.
Ian era más alto que sus dos acompañantes como por una cabeza y media, sus ojos eran azul cielo y su cabello rubio oscuro, tez blanca y su cuerpo parecía el de un chico que le gusta el deporte. Jeans negros, bototos, camisa y una chaqueta de cuero negro componían su vestimenta, caminaba un paso delante de las chicas, con las manos en los bolsillos de la chaqueta.
A su lado derecho caminaba una chica delgada, cabellos lisos hasta la cintura y castaños claros, ojos negros, tez bronceada, nariz puntiaguda y labios finos. Vestía, al igual que el chico, unos jeans negros y zapatillas azules, una camisa cuello en V color azul cielo, dejando ver una cadena con un colgante de plata en forma de cruz, que hacía juego con los aretes, y para el frío una chaqueta de jeans azul. Caminaba con sus brazos colgando a sus costados, siempre con una sonrisa en sus labios.
La chica de cabellos negros y cortos, al igual que su compañera, era delgada y tez bronceada, sus ojos eran turquesa, nariz respingona y labios un poco más gruesos que los de su amiga. Llevaba unos pantalones de tela color gris y rayas verticales blancas, bototos negros, camisa como la de su amiga pero color verde agua y una chaqueta de cuero. Ésta, a diferencia de su amiga, tenía puesto un colgante con una cruz de madera, al igual que sus aretes. Caminaba seria, sólo tenía un propósito al estar allí, y esperaba que todo resultara como ella quería.
Avanzaron hasta llegar al final del bosque, una vez en campo abierto detuvieron su paso y miraron a su alrededor, vieron la cueva.
—¿Competimos a ver quien llega primero? —preguntó el chico mirando a sus acompañantes.
—Yo entro —respondió la de cabellos negros.
—Que más, yo también —contestó la otra.
—A la cuenta de tres —dijo el chico parándose junto a ellas para quedar en la misma posición y que ninguno tuviera ventaja sobre el otro—. ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!
Fue cosa que pronunciará el último número y ya los tres habían salido corriendo a una velocidad sobrehumana, si alguien normal estuviera allí, lo único que percibiría sería la brisa que dejaban a su paso. En pocos segundos llegaron a la entrada de la cueva y resultó ganadora la chica de cabellos negros, aquella que deseaba resaltar por sobre todo.
—Aún no me superan en velocidad —les dijo con burla asomando su cabeza en la cueva.
—Sí huele horrible —añadió la otra chica—, en eso sí tenía razón el aldeano —agregó lamiéndose el labio inferior.
—No me digas que… —habló el chico mirando a la castaña.
—Había hecho muchas preguntas —se defendió—. Y yo tenía hambre.
—Ya no te mandaremos a hacer las investigaciones —sonrió imaginando el festín que tuvo su acompañante.
—Ustedes dos —dijo la pelinegra—. ¿Van a entrar o se quedarán todo el rato hablando de comida?
—Entraremos —respondió la castaña dando un paso adentro de la cueva.
Sus pasos eran silenciosos y sigilosos, la completa oscuridad que reinaba en el sector no era problema para ellos, su visión les permitía ver tan bien como si fuera de día. El hedor del lugar, sin embargo, se hacía cada vez más intenso y eso sí les molestaba a su delicado olfato, con cada paso que daban el olor se intensificaba, probablemente se acercaban al lugar donde descansaba la bestia que ellos creían habitaba allí.
La castaña metió sus manos en los bolsillos del pantalón, no dejaba de pensar en lo que pudieran encontrar más adelante, sabía perfectamente que fuera lo que fuese que hubiera allí, no podría hacerles frente. Ella, al igual que sus acompañantes, se caracterizaban por ser unos buenos «soldados», o por lo menos eso se lo tenía bien creído. Suspiró pensando en cómo serían las cosas una vez que llevaran la cabeza de aquel ser a él; se los agradecería, eso estaba más que claro, pero la pregunta que la atormentaba era ¿cómo? Esperaba que por fin él le diera la autorización de poder salir a buscar su propia «comida no vegetariana». Sonrió con sólo pensar en el festín que se daría sin tener que temer por su cabeza.
El chico, por otro lado, caminaba dos pasos más adelante que sus acompañantes, era el único hombre y, por lo tanto, pensaba que su deber era protegerlas, si algo les pasaba a ellas, jamás se lo perdonaría y tampoco se lo perdonarían.
Al igual que la castaña, la intriga de saber qué había unos pasos más adelante lo mantenía intranquilo, estaba ansioso por cazar aquel ser y tener su cabeza en las manos, eso significaba que se ganaría la confianza de él y dejaría de sentirse una molestia más en la «madriguera». Deseaba con todo su ser que lo tomaran en cuenta como el soldado dispuesto a todo con tal de ayudar a los suyos, y más que cualquier otra cosa, que Janice fuera de él.
La de cabellos negros sonreía con cada paso que daba, su completa confianza en sí misma la hacían tener una seguridad insuperable. No le importaba si al siguiente paso se encontraban con la bestia, lo único importante en ese momento era la cabeza de aquel ser que les estaba dando mala fama a sus semejantes y, por ende, tenían a varios cazadores pisándoles los zapatos, además de unos cuantos cuadrúpedos que andaban buscando pelea con la excusa que los querían culpar por las muertes de los humanos. Esto no le gustaba nada a él y eso la hacía enfurecer, no había nada en el mundo que odiara más que él estuviera intranquilo, y ella haría lo que fuera por él.
Desde que lo conoció no pudo dejar de ver aquellos ojos color miel que robaban sus sueños, suspiros y más ocultos deseos. Él se había convertido en un todo para ella, y aunque fuera «propiedad» de Janice, ella no estaba dispuesta a dejar sus sueños fácilmente. Tal vez Janice era mucho mejor que ella en varios aspectos, y por eso había sido elegida por él como su acompañante, pero bien saben todos que a Janice poco le importa que sus semejantes estén en problemas, y si él ve que ella junto a sus acompañantes lograron derribar a la bestia que lo mantiene intranquilo, podrá ver que es a ella quien realmente quiere.
Las tres creaturas continuaban caminando prestando atención sólo a sus pensamientos, de pronto el hedor desapareció y el paso de ellos se detuvo. Miraron a su alrededor, inquietos, pero no lograron ver nada más que rocas. Continuaron caminando, algo lento y atentos, hasta que la castaña sintió que alguien pasó por detrás de ella, volteó a mirar, pero no había nada ni nadie. Apresuró el paso para poder llegar junto a los suyos, que le habían tomado un poco de ventaja luego que se detuviera.
Un grito se escuchó en la oscuridad de la cueva, los dos que iban en la delantera voltearon a mirar a su amiga que se había retrasado, pero no estaba. Otro grito se escuchó a lo lejos.
Cambiaron de dirección al instante, hacia donde provenía el grito, internándose más en el corazón de la cueva. No les era difícil seguirlo, ya que todos sus sentidos se habían agudizado cuando dejaron de ser humanos. Fuera de eso, los gritos eran insistentes, dejando en el ambiente una sensación de dolor y miedo.
De un momento a otro el silencio reinó en la profundidad de la cueva, los gritos se habían extinguido. Ambos chicos detuvieron su paso y se miraron preocupados, sólo podría haber un motivo para que eso pasara: su compañera había muerto.
El chico hizo un gesto de dolor y miedo a la vez, no por la criatura, sino por él, todas las esperanzas que tenía de ser algo más importante se habían ido con el último grito de su compañera. La de cabellos negros lo golpeó suave en la espalda y lo invitó a seguir adelante, debían encontrar a la criatura y verificar la muerte de su compañera.
Avanzaron en silencio y con cautela, atentos al más mínimo movimiento y ruido que pudiera haber. El hedor volvió a hacerse presente mientras caminaban y un pequeño ruido detuvo su paso.
—¿Agua? —dijo confundido el chico.
—Así parece —contestó su compañera olfateando el aire—. ¿La puedes oler?
—¡Maldición! —exclamó levantando su cabeza y apuntando en diferentes direcciones con su nariz—. Ni el olor a su sangre dejó.
—Debe saber que lo estamos buscando —añadió la chica mirando a su alrededor—. El agua viene de acá. —Caminó un poco a la derecha.
Efectivamente unas gotas de agua se escuchaban caer dentro de una poza. Caminaron en dirección a donde su olfato y audición le indicaban, el sonido de las gotas se hacía cada vez más intenso, hasta que llegaron a donde se estaba acumulando. Un pequeño charco dentro de la gran cueva. Miraron en rededor para ver si encontraban algún rastro de su compañera, pero no tuvieron éxito.
Una sombra paso por detrás del chico, se giró a mirar pero no vio nada. Volvió su vista a su compañera pero ésta ya no estaba. Miró en todas direcciones, olfateando el aire, abriendo más sus ojos, agudizando su fino oído, pero nada tuvo éxito, no había rastro de ella.
«Si se la lleva, va a gritar, o en el caso de que ya se la llevara, igual gritará», pensó con esperanza mientras continuaba buscando algún rastro de su amiga.
Su preocupación aumento; lo que pasaba no era nada bueno, primero una y ahora la otra. Tal vez, si volvieran dos de tres, él no se enfadaría pero uno de tres… lo más probable es que una vez que regresara a la madriguera, ésta sería su tumba… Aunque también estaba la posibilidad que aquella cueva lo fuera, pero él sabía que era buen soldado y no se dejaría vencer por nada ni nadie, regresaría, pasara lo que pasase.
Luego decidió que no se daría por vencido, encontraría a sus compañeras aunque fuera lo último que hiciera.
—¿Por qué tan solito? —escuchó una voz familiar tras él.
—¿Janice? —preguntó el chico sorprendido girándose para mirar donde venía la voz—. ¿Qué haces aquí?
—Lo mismo que tú —respondió la chica acercándose a él—. Cazando.
—¿Viste a Annie y Kim? —consultó sin dejar de mirar a la chica que se acercaba lenta y seductoramente.
—No las he visto —contestó la nueva en llegar, pasando su mano suave por el hombro del chico y dando una vuelta alrededor de él.
—Debo seguir buscándolas —dijo el chico tratando de evitarla, sabía que estaba prohibida por ser la «mujer» de él.
—¿Me abandonarás? —inquirió la chica poniéndose frente al chico—. Vine especialmente a buscarte —susurró cerca de sus labios.
—¿En serio? —Esbozó una sonrisa al mismo tiempo que tomaba por la cintura a la recién llegada y olvidando a sus compañeras.
—Sí —musitó pasando sus manos por atrás del cuello del chico y acercándolo a ella para perderse en un profundo y apasionado beso.

Kim avanzó un poco a la izquierda de donde se encontraba el charco, miró para atrás y su compañero no estaba, lo llamó unas cuantas veces, aunque eso significará poner en peligro su existencia, pero no obtuvo respuesta.
Olfateó el aire y trató de buscar algún rastro, pero fue en vano, todo había desaparecido. Decidió volver por donde venía y así tratar de encontrar a sus dos amigos, pero no encontró el pequeño charco. Su cuerpo se tensó y sintió sudor frío en su nuca, ya había olvidado aquella sensación, desde que había dejado de ser humana que el miedo ya no era parte de ella, pero en aquel momento todo había vuelto y se sentía como una chica de la edad que aparentaba que era descubierta haciendo algún tipo de «travesura».
Se sintió perdida, frustrada y luego se dio cuenta que no era el miedo que pensaba. No, no era miedo por morir, o por sus amigos, era miedo porque nunca más volvería a verlo a él. Se dejó caer al suelo húmedo de la cueva y cerró sus ojos, continuó con su trabajo de rastreadora husmeando en el aire, en el suelo, sintiendo cada sonido, pero nada.
—No te pongas así —escuchó la voz que más amaba en el mundo, abrió sus ojos y miró al frente—. Vamos por los demás —dijo el chico que estaba acuclillado frente a ella.
—¿Están vivos? —preguntó poniéndose de pie.
—Claro —le respondió—. Te desviaste y no viste cuando matamos a la criatura.
—¿Está muerta? —preguntó algo desilusionada al no poder estar presente.
—Sí —susurró tomándole la mano—. Acabamos fácilmente con aquel ser.
—¿Los demás están bien? —articuló con algo de esfuerzo, era la primera vez que él le tomaba la mano de esa manera, como protegiéndola, como preocupándose más por ella.
—Claro que sí —contestó, tomando el rostro de ella entre sus manos—. Muy preocupados por ti.
—Yo no quería desviarme —confesó sonrojándose al encontrarse en aquella situación.
—Lo sé —musitó suavemente, acercándose aún más—. Lo sé.

Por otro lado, Ian cumplía uno de sus sueños con la mujer más bella que existía en el mundo, frente a sus ojos. No se lo podía creer, la tenía fuertemente abrazada por la cintura, cosa que no se le arrancará. La chica le respondió metiéndole las manos por entre la chaqueta, acariciándole el estómago, dejó de besarlo, le sonrió torcidamente y sus ojos negros brillaron. Si Ian no hubiera estado tan cegado, hubiera notado que las iris de la chica eran diferentes.
Un gesto de dolor y asombró se le dibujó en la cara, Janice, su amada Janice, le había enterrado sus garras en el pecho. Pero ella no tenía garras… Aparentaba ser humana como él…
—¿Por qué? —susurró en un hilo de voz, sabía que con eso no podía morir, pero si lo dejaba a merced que ella lo matará.
—¿Por qué has venido tú a cazarme? —preguntó al momento que sus ojos se tornaron rojos, su cuerpo cambió al de un perro lanudo y su voz se volvió ronca.
—¡Tú no eres Janice! —gritó Ian sorprendido mientras caía de rodillas al suelo, pensando en que había besado a aquella cosa, a pesar que otras cosas eran más importantes.
—Y tú eres un genio —aseguró la criatura riendo, con tal demencia que las paredes de la caverna retumbaron—. Lástima que él cazador haya sido cazado.
—No dejaré que me mates —contestó inflando el pecho, llenándose de orgullo y levantándose, sin mostrar algo de dolor o fatiga luego del ataque recibido.
Una fuerte y prolongada carcajada volvió a retumbar en el lugar, la criatura reía sin parar. Ian se quedó mirándolo asombrado, aún no podía creer que había sido engañado de aquella manera, él era un buen soldado, uno de los mejores, no entendía… Qué diría él si lo viera… Quizás…
De un salto aquel ser llegó a su cuello, no le dio tiempo ni de reaccionar. Menos de un minuto le bastó a la criatura para tener el cuerpo sin vida y sin cabeza del que pensó que podría acabar con ella.
—¿Qué fue eso? —preguntó Kim saliendo de las adoradas manos de él y dándole la espalda.
—El sonido de la muerte —escuchó una voz de mujer venir desde un costado, esa voz la conocía a la perfección.
—Janice —dijo la chica, con algo de desprecio, volteándose a mirarla—. ¿Qué haces aquí?
—¡Qué fácil es engañarlos! —gritó la recién llegada, poniendo una de sus manos en la cintura y con la otra jugueteó con su cabello suelto—. ¿De verdad creías que esto es real?
—¿A qué te refieres? —consultó confundida, comenzó a sospechar que algo andaba mal, Janice no podría saber que estaban allí… Se supone que ella estaba en una misión lejos.
—A que la única manera que él se fije en ti —contestó riendo sarcásticamente—, es que sea una ilusión.
—¿Qué? —Frunció su ceño al no entender, dio un paso hacia atrás.
—Da igual —resopló Janice con cansancio—. Sólo quería que supieras que eso con quien estabas, no es quien pensabas. —Y volvió a transformarse, frente a Kim, en aquel perro lanudo—. Y yo tampoco soy quien pensabas.
—¡Eres la criatura! —exclamó, mirándolo a él incrédula, le había mentido, le dijo que acabaron con aquella cosa—. ¡Dijiste… dijiste…!
—Dile adiós —rió el extraño ser mientras la figura de él se hacía humo y desaparecía frente a los ojos de la chica—. Sólo era una ilusión, por si no lo entendiste, creo que ustedes son un poco, cómo llamarlos, ah, sí, retrasados. —Mostró sus afilados colmillos, imitando una sonrisa.
—¿Mataste a mis amigos? —Kim se puso en posición de ataque, así como le habían enseñado a ella, apretando los puños y alzándolos frente a su cara a la vez que separaba un poco sus piernas y flexionaba sus rodillas.
—En defensa propia —rugió la bestia y luego volvió a mostrar aquella sonrisa de filosos colmillos—. Insisto, ustedes son retrasados, por eso no figuran en nuestra lista de seres oscuros.
—¡Te mataré! —gritó y corrió abalanzándose sobre la criatura. Tenía la mente llena de venganza y vergüenza, una buena mezcla para pelear y ganar.
Aquel ser la esquivó con total facilidad, no dejaba de reír, haciendo que Kim se desesperara y sus fuerzas comenzaran a faltarle, ninguno de sus ataques llegaba a golpear a la criatura. La chica se sintió cansada luego de un rato de estar corriendo tras la bestia, el ser continuó con esta rutina hasta que vio que Kim comenzaba a jadear, era su oportunidad de ataque. Corrió, abrió su hocico y atacó…
La chica lo esquivó, nuevamente, y esto sorprendió al ser ya que creía caería fácilmente al tenerla cansada. Se miraron un rato, Kim respiraba agitada mientras volvía a ponerse en posición de ataque. La bestia sonrió y la chica notó la maldad brillando en los colmillos, apretó sus puños. La criatura saltó y cayó sobre Kim. Forcejearon durante un rato, la chica de negros cabellos lanzaba manotazos para esquivar aquellos colmillos, pero el agotamiento se notó y con un rápido movimiento de patas por parte de la criatura, ésta le arrancó la cabeza a Kim, que rodó por el húmedo suelo de la cueva, regando de sangre todo a su paso.

Música, bebidas, chicas, chicos y ruidos, era lo que llenaba el ambiente en aquel bar, a orillas de una carretera un tanto alejada del pueblo. Tenía mala pinta, sí, todos lo sabían, por eso llegaban, por lo general, personas con mal aspecto, como si estuvieran arrancando, como si estuvieran en peligro de muerte y necesitaran un reposo… Pero también estaban aquellos que eso les gustaba y pasaban un rato agradable junto a los que tenían aspecto de cualquier cosa.
Y allí esta una rubia bailando al compás de la música junto a un tipo más alto que ella, le sonreía coqueta y movía el cuerpo bastante pegado a él. Algo le susurró en el oído y él la agarró por la cintura y la besó. Ella sonrió, nuevamente de forma coqueta y mordiéndose el labio, lo tomó de la mano y lo guió a la salida del bar. No alcanzaron a llegar muy lejos cuando las puertas se abrieron dando paso a una temida figura.
Era sólo un chico, bastante joven, quizás de no más de veinticinco años, pero no era cualquiera y la rubia que bailaba lo sabía muy bien. Se quedó quieta, esperando y mirándolo.
—¡Bastian! —dijo un tipo sentado cerca del cantinero con una chica en sus piernas, se puso de pie rápidamente.
El recién llegado miró a la rubia, le hizo una seña con la cabeza, como para que se retirara. Ella, obediente como cual perro faldero, soltó al tipo sin siquiera mirarlo y dejándolo sorprendido y estático (nunca entendió por qué no se pudo mover), y salió del bar. El chico le hizo el mismo gesto a tres tipos más, aparte del que se atrevió a decir su nombre, y salieron del lugar.
Caminaron en silencio, siguiendo al que los había llamado ,internándose cada vez más en el bosque, alejándose del bar y de todo tipo de civilización humana. Cada cual se preguntaba para qué los llamaba, por qué iba él, precisamente él y no otro ayudante, a buscarlos. Quizás no podían comunicarse mentalmente, pero coincidían en que debía ser algo importante, sino él no hubiera ido por ellos, no en persona. Tal vez había pasado algo realmente malo y era hora de reunir el clan.
Se detuvo y volteó a mirar a los que venían tras él, los demás hicieron lo mismo, pero dejando una distancia de más de dos pasos en señal de respeto.
—Quiero que me digan en este preciso momento —les dijo mirando a cada uno a los ojos—, la ubicación exacta de Kim, Annie e Ian.
—Hace tiempo que no sé de ellos —contestó la rubia con decepción en su voz, olvidando la reunión del clan y frustrándose porque el motivo eran aquellos tres niñatos.
Él la observó mientras habló, de un salto llegó frente a ella y la tomó del cuello, levantándola del piso. La chica agarró las manos de él tratando se soltarse y haciendo algo para salir de la sorpresa, pero no lo consiguió.
La levantó aún más, frente a las miradas de asombro de los cuatro restantes, que nada podían hacer en esa situación, ninguno se atrevería a ponerse en su contra.
—¿Qué pensabas hacer con aquel humano? —preguntó mirándola directo a los ojos.
—Bailar… —respondió con esfuerzo, el aire le faltaba para hablar.
—¿Sólo eso? —consultó con un poco de curiosidad burlona en su tono de voz.
—Sí —dijo forcejeando, a pesar que sabía era una batalla perdida, aun así quería intentar.
—¡No me mientas! —gritó apretando más la mano alrededor del cuello de su cautiva—. ¡Sabes perfectamente que puedo ver la verdad y la mentira en los ojos!
—Era sólo una probadita —se defendió, viendo que aquello era la última oportunidad que tenía para salir ilesa.
—La semana pasada fue lo mismo. —Apretó sus dientes y la lanzó contra el árbol a su espalda, la chica chocó y cayó sentada—. ¡Les he dicho que no se alimenten de humanos cuando hay cazadores cerca! —bramó, enojado, mirándolos a todos—. Sólo uno de nosotros basta para que ellos encuentren nuestra madriguera.
—No lo volveré a hacer… —musitó la rubia en el suelo y tocándose el cuello, haciendo una mueca de dolor con sus labios, mientras miraba la espalda de quien la había arrojado.
—Eso espero —suspiró calmándose y pasándose la mano por la frente, en un gesto cansado—. O tu caso será entregado a Janice.
La rubia abrió los ojos a más no poder y, sentada en el suelo como estaba, se redujo tanto que por un momento pensó en desaparecer. Los que estaban a su alrededor la miraron hacerse una con el árbol, tanto se había hundido que se perdía en el tronco. Ellos sabían, todos sabían, que Janice no era como él, que cuando le mandaban a realizar un castigo no escuchaba súplicas ni nada, simplemente mataba.
—Ahora a lo que vine —continuó hablando como si nada, mirando a los otros cuatro que se habían mantenido quietos esperando a que él acabara con la chica—. ¿Qué saben de Annie, Kim e Ian?
—Yo no los he visto hace tiempo —dijo uno de los tipos.
Él lo observó de arriba a abajo, intimidándolo. Cosa que le resulto bastante bien porque al tipo le tembló el labio, pero no debía demostrarlo o jamás lo dejarían ir.
—Te creo —habló con voz fuerte sosteniéndole la mirada todo el rato—. Puedes volver al bar.
El tipo dio un salto hacia atrás y se alejó lo más rápido posible, ya había rendido cuentas, no le interesaba nada más de lo que pudiera suceder allí. Además, mientras más luego se iba, mejor.
—¿Alguno de ustedes me dirá algo? —preguntó mirando a los tres restantes.
—Yo no sé nada —respondió el que había pronunciado su nombre en el bar—. Si lo supiera, te diría, y eso lo sabes.
—¿Te entretienes, cariño? —se escuchó una voz de mujer, venía desde los árboles a espalda del chico, frente a los otros que eran interrogados.
—No te imaginas cuanto —contestó sin siquiera voltear a mirarla, sus ojos seguían escudriñando a los otros tres.
La mujer caminó lenta y suavemente, meneando las caderas y sonriendo, le dio una rápida mirada a todos los que estaban allí y luego abrazó al chico por la espalda. Le ronroneó algo en el oído y él sonrió de medio lado.
—Ya pueden retirarse —les dijo a los tres tipos—. Lamento haberles quitado el tiempo.
La recién llegada lo soltó y caminó, de la misma manera en que lo hizo al llegar, retrocediendo unos pasos y mirando a su alrededor. Fijó su vista en la chica que se encontraba sentada en el suelo, frente al árbol, y se acercó con una enorme sonrisa pintada en los labios.
—¿Desobedeciendo nuevamente? —preguntó burlona.
—No te metas, Janice —respondió mientras se ponía de pie, sin dificultad aunque sobándose el cuello.
—Tendré el gusto de acabar contigo, Mía —susurró mientras se le acercaba más, con aire despectivo y mirada de odio.
—No te daré ese placer —rugió Mía y, al igual que hacía siempre que Janice la molestaba, sacó sus afilados colmillos.
—No aguantarás no morder a un humano —espetó la otra y, también, sacó sus armas del ser sobrenatural que era y mostró sus colmillos—. Así que no tendré más opción que acabar contigo.
—¡Janice! ¡Mía! —gritó Bastian sin mirar a las chicas—. ¡Somos una familia, dejen de pelear!
Ambas chicas guardaron sus colmillos al instante, cuando él daba una orden debía cumplirse, era el jefe y todos le debían respeto, no por nada lo habían escogido como líder.
—Que no se vuelva a repetir lo de hoy, Mía —dijo Bastian antes de desaparecer en el bosque sin dejar rastro alguno.
—El espectáculo acabó. —Janice dejó las manos en la cintura y los miró a todos—. Como les dijo Bastian, pueden volver a lo que hacían —anunció caminando hacia el tipo que se atrevió a mencionarlo a él en el bar. Se relamió los labios—. Menos tú, Mía —ordenó sonriente, sin mirarla, sus ojos seguían clavados en quien, ahora, tenía al frente—, te vas a la madriguera en este instante.
—Como digas —rezongó la rubia y desapareció en el bosque, tomando dirección contraria a Bastian. No quería volver a tener problemas.
Los otros dos tipos volvieron al bar, tan silenciosos como llegaron al bosque, y sólo las paredes saben lo que comentaron los tres una vez que se sentaron alrededor de la mesa y continuaron bebiendo.
Janice se quedó observando al tipo de pies a cabeza, vestía unos pantalones negros, con una chaqueta de cuero y una camisa azul oscuro. Sus ojos eran grises y su cabello castaño claro, su tez era trigueña.
—Tanto tiempo sin vernos, Ethan —dijo, pasando la lengua por su labio inferior.
—Bastante —respondió mirándola indiferente.
—¿Quieres recordar viejos tiempos? —susurró cerca de los labios del tipo, tan cerca que podían sentir sus respiraciones.
—Los nuevos tiempos son mejores —contestó Ethan agarrándola de la cintura y pegándola a su cuerpo—. Mejor celebremos este reencuentro —musitó tomando los labios de la chica con los suyos.
Se hundieron en un apasionado beso, Ethan levantó a la chica de cabellos lisos, largos y negros como la noche, dejándola apoyada contra un árbol.
Continuaba besando y saboreando esos labios que por tanto tiempo no había probado, sin duda, la extrañaba, al fin y al cabo eran varios los siglos que llevaban en este mundo y, sin o con quererlo, sus caminos siempre los llevaban a lugares cercanos.
Janice abrazó al tipo por el cuello, dejándose guiar por la suavidad de los labios de éste. No le importó cuando bruscamente la apoyó contra el árbol, es más, eso le encantó. Enterró sus uñas en el suave cabello de él y continuó besándolo como solía hacer antes de conocer a Bastian.
—El «niño» no es capaz de llenar tus expectativas —dijo Ethan separándose de los labios de Janice.
—Es un niño, como tú dices —respondió lamiendo el labio del tipo—, que aún no puedo controlar.
—Se te fue de las manos —se burló Ethan a la vez que cargaba todo su cuerpo sobre ella.
—Es muy pronto para decir eso —gruñó Janice mientras lo abrazaba con fuerza—. Muy pronto aún.
Ethan comenzó a besarle el cuello, logrando que Janice cerrara los ojos y se entregara a las caricias. Éste sonrió mientras el olor de aquella parte de la chica entraba por su delicado olfato.
—¿No te ha mordido? —preguntó sonando ansioso por una respuesta.
—No, no lo ha hecho —contestó volviendo a la realidad y abriendo sus ojos marrones para mirarlo fijamente.
—No se siente dueño de ti —le susurró al oído—. O simplemente no está enamorado.
—En ambas cosas tienes razón —habló Janice sin mostrar el más mínimo sentimiento de dolor—. Aunque ya lo estará —dijo sonriente y confiada—. Eso te lo aseguro.
—Si tú lo dices… —musitó sonriente mientras pasaba su lengua por el cuello de la chica.
Sacó sus colmillos y suavemente los apretó contra la blanca piel de Janice, a la vez que cargaba un poco más su cuerpo al de ella. La chica volvió a cerrar sus ojos y enterró sus uñas en la chaqueta de Ethan, hace mucho tiempo que deseaba aquello.
El tipo comenzó a chupar su sangre, sólo quería un poco. Para ellos, los vampiros, el morder a otra vampiro significa ser su dueño, aunque ella estuviera con Bastian, no era el caso, él aún no la mordía, por lo tanto Janice era libre, al igual que Bastian.
Dejó su cuello y volvió a sus labios, los besó con pasión, a lo que la chica respondió de la misma manera. Y así continuaron en la profundidad del bosque, donde sus únicos testigos eran la luz de la luna y la suave brisa que acariciaba el lugar.

Un viento, bastante fuerte, pasaba por entre los árboles, llanos y, a veces, carreteras. Quien se imaginaría que en realidad aquello era un vampiro que corría velozmente hacia una dirección en la cual deberían estar quienes buscaba.
Nada ni nadie podrían cruzarse en su paso, era lo suficientemente fuerte como para acabar hasta con demonios, y ya lo había hecho, no por nada los otros de su raza le temían y respetaban.
La sangre era su alimento, no le gustaba usar a los humanos como comida, pero era la que más fuerza le daba, junto con la de demonio. Aunque por ahora debía conformarse con sangre de animales, muchos cazadores andaban cerca y no expondría su grupo a la muerte, al fin y al cabo eso era lo principal, cuidar de los suyos por sobre todas las cosas, luego vendría lo demás. Y esa, precisamente, era la razón por la que andaba tan alejado de su madriguera.
No dejaba de pensar en aquellos tres seres, que eran parte de la que llamaba su familia, que andaban perdidos ni más ni menos que por los lugares donde andaba la bestia que él estaba investigando. Recordó todas las veces que les dijo a cada uno de los miembros de la madriguera que no se acercaran a la cueva hasta saber bien qué era lo que habitaba en su interior, no podía entender qué pasó por la mente de los chicos para que fueran al lugar.
Detuvo su paso al terminar de cruzar por un campo que era bañado por la luz de luna. Frente a él estaba la cueva que había estado investigando, el fuerte hedor entró por su delicada nariz capaz de rastrear a alguien o algo en kilómetros.
Entró olfateando, tratando de dejar de lado el repugnante olor. Se internaba cada vez más en la cueva, hasta que sintió un olor extraño, conocido pero extraño. No pudo recordar de donde lo conocía, pero continuó avanzando, esta vez sigilosamente hasta donde provenía, o mejor dicho a donde le indicaba el olfato.
El hedor desapareció de pronto, no le importó, ya que cada vez aquel extraño olor se hacía más fuerte y, sin darse cuenta, el motivo por el que estaba en la cueva ya no era la bestia, sino ese extraño olor que no podía recordar de donde lo conocía.
No sabía cuánto tiempo llevaba dentro de la cueva, lo que sí tenía claro es que no saldría de allí hasta encontrar a sus semejantes. Avanzó hasta llegar a un lugar donde el camino se dividía en dos, olfateó ambas entradas: de la izquierda provenía el olor que se le hacía conocido y de la derecha sentía unos olores a sangre. No lo pensó dos veces y se fue por la derecha, caminó tranquilo, hasta que pudo ver en el suelo lo que tanto temía, los tres seres que buscaba estaban allí, todos sin cabeza, todos muertos.
Sacó de su bolsillo un pequeño frasco con whisky, juntó los cuerpos de los tres chicos y sus cabezas y lloró, lloró por aquellos tres que aún eran jóvenes, aunque no más que él, lloró porque, quizás, en otras circunstancias, eso le pudo pasar a él… Y siguió llorando mientras acomodaba los cuerpos. Los roció con un poco del licor y sacó un encendedor del bolsillo, les prendió fuego. No dejaría que la criatura que los mató se alimentará de ellos.
Volvió tras sus pasos y, al llegar a la separación, eligió el camino de la izquierda. Iba dispuesto a matar a aquel ser que le había arrebatado la vida a sus compañeros.
Detuvo su paso de pronto, una luz se movía más adelante, avanzó lentamente y en silencio, hasta que pudo ver con claridad, una batalla se estaba llevando a cabo al frente de sus ojos.
Un enorme perro lanudo sangraba de una pierna, sus ojos rojos llenos de ira miraban temerosos al ser que tenía enfrente, su respiración estaba agitada y el vaho le salía por las narices, se tambaleó un momento, tenía otra herida en su estómago.
—¡Te mataré! —gruñó la bestia.
—¿Qué esperas? —le dijo la chica que tenía enfrente.
Se acercó dispuesto a hacerle frente a la bestia, no podía dejar que una mujer hiciera el trabajo de un hombre (aunque no lo era, pero lo fue antes). Mas se detuvo y se escondió tras una roca, ¿dónde había visto a aquella chica? Ese olor lo conocía de antes, pero por más que intentaba no lograba recordar.
Ella, una chica alta y cabellos color trigo, lo dejó completamente con la boca abierta.
La bestia se lanzó contra ella, la chica astuta sacó una daga de su cinturón y, cuando la criatura estuvo en el aire, golpeó la otra pierna del animal.
—¿No ibas a matarme? —se burló del animal.
—¡Lo haré! —gruñó enfurecida la bestia.
—Esto se está alargando mucho —dijo con un largo y cansado suspiro—. Será mejor que vayas de vuelta al infierno.
—No creo que puedas —rió la bestia que se tambaleaba por las heridas que le sangraban.
Él continuó oculto mirando la pelea y tratando de recordar a la chica, pero por más que intentaba no lo lograba. Y no entendía por qué, siempre había tenido buena memoria.
La criatura volvió al ataque, se lanzó contra la chica corriendo pero se detuvo de pronto, como si una pared invisible la separara de su objetivo.
Fue cuando Bastian entendió lo que era ella. La chica pronunció unas palabras que no alcanzó a distinguir, y de su espalda brotaron dos hermosas alas que brillaron con fuerza en la oscuridad de la cueva, haciendo que el perro lanudo detuviera su paso y no pudiera avanzar, ni siquiera podía mirar a la chica. La luz que irradiaba quemaba los ojos de aquel ser.
—Vuelve a tu hogar —dijo avanzando hacia la bestia—. ¡Me lumen vos umbra, noctesurgetibusnihilo, ab umbra veritas, aspice et abi, aspiciendosenescis, declina malo, serenussit animus, autdisciede! —gritó fuerte y claro mientras la criatura se revolcaba de dolor y el vapor la cubría—. ¡Autdisciede! —bramó con más fuerza al momento en que la criatura se hizo humo y desapareció.
Bastian se giró rápidamente para que ella no notara su presencia. La cálida luz se extinguió, dando paso a una suave luz de linterna. Se puso de pie y se arrinconó a la pared, no quería que ella lo viera, porque si lo hacía podría ser su último minuto de vida.
Observó con cautela a la chica que recogía unas cosas del suelo, «ésta es mi oportunidad de salir», pensó a la vez que apresuraba el paso a la salida de la cueva.
Lo logró, pero al llegar afuera, sintió un golpe en la cabeza. Se volteó y frente a él estaba aquella chica apuntándolo con un arma.
—¿Tu trajiste aquel demonio? —le preguntó mirándolo fríamente—. ¿O eras amigo de los vampiros que estaban adentro?
—¿Vampiros? ¿Demonios? —Arqueó una ceja haciéndose el desentendido y levantando los brazos—. No sé de qué hablas.
—¿Cuándo sacarás tus colmillos? —consultó acercándose, sin dejar de apuntarlo—. Puedo ver en tu alma lo que eres.
—Veo que no puedo engañarte —contestó sonriendo y bajando sus manos—. Venía por mis compañeros. —Se quedó mirándola a los ojos verdes, y fue cuando recordó aquel aroma, aquellos ojos y el cabello—. ¿Quién eres? —inquirió y, olvidando que ella lo amenazaba, dio un paso al frente.
—¿Quieres ir al infierno con el nombre de la que te asesinó? —preguntó burlona.
—Yo no iré al infierno —dijo Bastian acercándose cada vez más—. No aún —rió—. Sabes que esa arma no funciona en mí, pero la piedra que me lanzaste sí me hizo daño.
—Lo sé —gruñó la chica, haciendo caso omiso al último comentario—. Debo cortarte la cabeza. —Con un rápido movimiento sacó su daga y guardó su arma.
—Inténtalo. —Y para provocarla aún más, dejó sus manos en la cintura y la miró sonriente, como si todo aquello no fuera más que un juego estúpido.
La chica se lanzó directo a su cuello, aunque se sintiera algo agotada, pelearía igual porque ese ser se estaba burlando de ella y jamás lo permitiría. Llegó donde él y éste no prestó resistencia, ella le puso la daga en el cuello y miró sus ojos, confundida porque se estaba entregando a la muerte.

—Te dije que nos volveríamos a ver —dijo Bastian cuando ella puso la daga en su cuello—, Hayley Marshall.



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